A SANGRE FRIA | Page 125

bajo palabra. Pero Bobo no lo permitió, dijo que se metería en líos y hasta quizá corrieran peligro. Y entonces le escribió a Perry explicándoselo exactamente así. Un buen día, se lo haría pagar, se divertiría, le hablaría, le haría propaganda de sus habilidades, le explicaría con todo detalle las cosas que él era capaz de hacerles a las personas como ella, a la gente respetable, segura y farisaica, exactamente como Bobo. Sí, le haría saber lo peligroso que él podía resultar, mirándola fijamente a los ojos. Desde luego ello bien valía un viaje hasta Denver. Que era precisamente lo que iba a hacer, largarse a Denver y hacerles una visita a los Johnson. Fred Johnson le ofrecería la posibilidad de comenzar una nueva vida: no tendría más remedio que hacerlo si quería librarse de él. Al llegar a aquel punto, Dick apareció en el borde de la acera, allí a su lado: -¡Eh, Perry! -dijo-. ¿Te sientes mal? El sonido de la voz de Dick fue como una fuerte inyección de narcótico, como el efecto de una droga que, penetrándole en las venas, le produjera un delirio de encontradas sensaciones: tensión y alivio, rabia y afecto. Avanzó hacia él con los puños cerrados: -Tú, hijo de puta. Dick sonrió y dijo: -Vamos, no te enfades. Ya no pasaremos más hambre. Y por parte de Dick no faltaron explicaciones, ni excusas tampoco, frente a un cuenco de chili en su local preferido, el Eagle Buffet: -Lo siento, ricura. Ya sabía yo que te vendrían bascas. Que pensarías que me había liado con un poli. Pero es que tenía tal racha de suerte que no me la quería dejar perder. Le contó que después de dejarle se había ido a la Markl Buick Company, la empresa donde había trabajado para ver si encontraba un par de matrículas con que sustituir las peligrosas de Iowa que llevaba el Chevrolet robado. -Nadie me vio entrar ni salir. Por entonces, la Markl tenía una sección de compra-venta de coches inservibles. Y no ha fallado, he encontrado un De Soto destrozado con matrícula de Kansas, y ¡adivina dónde está la matrícula ahora!... ¡En nuestro cachivache, chaval! Habiendo hecho el cambio, Dick había arrojado las matrículas de Iowa en un depósito de aguas municipal. Luego se dirigió a una estación de servicio donde trabajaba un amigo suyo, antiguo compañero de colegio, Steve, y logró convencerle de que aceptara un cheque de cincuenta dólares, cosa que no había hecho nunca hasta entonces, «robar a un compañero». Bueno ¡qué se le iba a hacer! A Steve no volvería a verle la cara. Iba a «cortar» definitivamente con Kansas City aquella misma noche y esta vez para siempre. Entonces ¿por qué no pelar a unos cuantos viejos amigos? Con esta idea fue a ver a otro antiguo compañero dependiente de un drugstore. Con ello su capital se elevó a setenta y cinco dólares. -Así que esta tarde no tenemos más que hacer que lleguen a doscientos. Tengo la lista de los lugares que hemos de visitar. Seis o siete, empezando por éste -dijo refiriéndose al Eagle Buffet, donde todo el mundo, barmen y camareros, lo conocían, le tenían simpatía y lo llamaban Pickles (en honor a su manjar preferido, los pepinillos)-. Y luego Florida, a eso vamos. ¿Qué te parece, rico? ¿No te prometí que pasaríamos las Navidades en Miami? ¿Igual que los millonarios? Dewey y su colega del KBI, el agente Clarence Duntz, esperaban de pie a que quedara una mesa libre en el Trail Room. Contemplando la galería de caras de los clientes en el acto de engullir la comida del mediodía (hombres de negocio de carne fofa y gente del campo de complexión ruda y piel bronceada por el sol), Dewey vio a algunos conocidos: al forense del 125