A SANGRE FRIA | Page 124

dedicados «al tirón» de bolsos de señora. A Perry le divertía, le subía la moral, recordar algunas andanzas de entonces. -Como aquella vez que disimuladamente le dimos «el tirón» al bolso de una vieja, una vieja de las viejas. Tommy le agarró el bolso, pero ella no lo quería soltar, era un verdadero tigre aquel vejestorio. Cuanto más tiraba él por un lado, más tiraba ella por el otro. Al final, ella me vio y me gritó: «¡Socorro, socorro!» Y yo le contesté: «¡Al cuerno, señora, que al que socorro es a él!» Y le soplé una que la dejé tendida en la acera tan larga como era. Todo lo que obtuvimos fueron noventa centavos, lo recuerdo exactamente. Nos fuimos a un restaurante chino y comimos hasta caer bajo la mesa. Las cosas no habían cambiado mucho. Perry tenía veinte años y pico más y también unos cuantos kilos más, pero sin embargo, su situación material no había mejorado en nada. Seguía siendo (¿y no era increíble en una persona de su inteligencia y su talento?) un golfillo que vivía y dependía, por así decirlo, de monedas robadas. Tenía los ojos pendientes del reloj de la pared. A las diez y media, empezó a preocuparse. A las once las piernas le latían de dolor, lo que en él siempre quería decir pánico: «el canguelo». Se tomó una aspirina y trató de borrar, por lo menos de empañar, la vivida y reluciente cabalgata que cruzaba por su cerebro, una procesión de horrendas visiones: Dick en manos de la ley, arrestado tal vez cuando firmaba un cheque falso o por cometer una insignificante infracción de tráfico (descubriéndose entonces que conducía un coche «birlado»). Muy posiblemente en aquel preciso instante Dick se hallaba dentro de un círculo de detectives de cuello colorado. Y no discutían trivialidades, ni hablaban de cheques sin fondos, ni de coches robados. Sino de asesinato, porque la conexión que Dick estaba seguro que nadie podría establecer, la habían establecido. Y en aquel momento, un coche lleno de policías de Kansas City, se dirigía a la Washateria. Pero no, su imaginación iba demasiado lejos. Dick nunca haría aquello de «cantar de plano». No había más que recordar las veces que le había oído decir: «Pueden pegarme hasta dejarme ciego, que yo nunca diré nada.» Desde luego, Dick era un «bravucón». Su «dureza», como Perry había llegado a descubrir, existía únicamente en situaciones en que indiscutiblemente él llevaba ventaja. De pronto, con alivio, pensó en otra posible razón menos desesperada de la prolongada ausencia de Dick: habría ido a hacerles una visita a sus padres. Cosa arriesgada; pero Dick sentía «veneración» por sus padres, o eso pretendía, pues la noche anterior, durante el largo viaje en coche bajo la lluvia, le había dicho a Perry: -Claro, me gustaría ver a mis padres. Ellos no dirían nada. Quiero decir que no irían a decírselo al de la Oficina de Libertad bajo Palabra, que no harían nada que pudiera perjudicarnos. Sólo que me da vergüenza. Que tengo miedo de lo que mi madre me pueda decir. Por lo de los cheques. Y de que nos largáramos como hicimos. Pero me gustaría poder llamarles por teléfono, ver cómo andan. Pero eso no era posible, porque la casa de los Hickock no tenía teléfono. Si no, Perry hubiera llamado entonces para ver si Dick estaba allí. Pocos minutos después, volvía a estar convencido de que a Dick lo habían arrestado. El dolor de sus piernas era como una llamarada que le subía por el cuerpo y, los olores de la lavandería, el hedor a vapor de agua, de pronto le dio náuseas, le obligó a levantarse y a salir por la puerta. Se quedó allí, en el borde de la acera como «un borracho que no puede vomitar». ¡Kansas City! ¿No sabía él acaso que Kansas City traía mala suerte, no había suplicado a Dick que no volviera? Ahora sí, quizás ahora Dick lamentaba no haberle hecho caso. Y se preguntó: «¿Y yo qué? ¡Con un par de monedas y un montón de fichas de plomo en el bolsillo!» ¿Adonde podía ir? ¿Quién podría ayudarle? ¿Bobo? ¡Ni hablar! Aunque su marido sí. Si Fred Johnson hubiera podido seguir su inclinación y no la de su esposa, le hubiera garantizado un empleo a Perry al salir de la cárcel, para ayudarle a obtener la libertad 124