-Me niego a escuchar una sola palabra más -decía la señora Hartman-. Se lo dije. No
podíamos seguir así. Desconfiando los unos de los otros, todos con un miedo mortal. Lo que
tengo decidido es que el que quiera hablar de eso, que salga de mi casa.
Myrt Clare, tomó un resolución igualmente dura:
-Los que vienen por aquí creyendo que comprando cuatro sellos pueden pasarse tres
horas y treinta y tres minutos volviendo a los Clutter del revés como si fueran un guante,
arrancándole la piel a tiras al prójimo, son serpientes de cascabel. Eso es lo que son. No tengo
tiempo de escucharles. Yo estoy aquí para trabajar: represento al gobierno de los Estados
Unidos. Y además es pura morbosidad. Al Dewey y todos esos certeros tiradores de Topeka y
Kansas City, creíamos que eran centellas. Pero ahora estoy segura de que no queda un alma
que crea que tiene la más puñetera probabilidad de pescar al que lo hizo. Así que pienso que
lo más sensato que pueden hacer es callarse. Vives hasta que te mueres y poco importa cómo
te mueres. Los muertos, muertos están. ¿Para qué seguir como una partida de buitres sólo
porque a Herb Clutter le cortaron el pescuezo? Es pura morbosidad. Polly Stringer, esa del
colegio... Polly Stringer estuvo aquí esta mañana. Me dijo que sólo ahora, después de más de
un mes, sólo ahora, esos chicos han comenzado a tranquilizarse. Lo que me hace pensar: Y si
arrestan a alguno ¿qué? Si lo hacen va a ser alguien que todos conocemos muy bien. Y será
echar leña al fuego, para que el caldero vuelva a hervir cuando empezaba a enfriarse. Que no
me digan, que emociones ya hemos tenido de sobra.
Era temprano, todavía no habían dado las nueve, y Perry era el primer cliente de la
Washateria, lavandería automática. Abrió su abultada maleta de paja, sacó un lío de
calzoncillos, calcetines y camisas (unos de él, otros de Dick) los echó dentro de una lavadora
y puso en la máquina una ficha de plomo, una de las tantas compradas en México.
Perry estaba familiarizado con el funcionamiento de tales establecimientos, pues era
parroquiano frecuente y ardiente partidario, ya que encontraba «reposante» quedarse sentado
con toda tranquilidad, contemplando cómo las ro