Simplemente no bailó , y reflexionaba sobre las interminables sesiones a puerta cerrada , Percibía que el Libertador no había cedido en nada .
Ni aun cuando le dijo que podía pelear bajo sus órdenes para culminar la conquista de libertad de América .
A su excelencia le parecía que no había sitio para los dos en la gloria .
Sería la una de la madrugada de aquel 28 de julio de 1822 , cuando discretamente , salió de la fiesta que se había ofrecido en su honor .
La escalera de madera con su lustroso pasamano , otorgaba un aire señorial a la antigua Casa de las cien ventanas , situada en la angosta calle , hoy llamada callejón Gutiérrez .
Caminaba por la calle empedrada de la orilla .
En el barrio del astillero , que había sido rellenado con conchas de ostiones llamadas patas de mula por lo grande , todo era paz y silencio a esa hora .
El general sabía que no hay victoria si uno no se arriesga al fracaso .
La brisa esparcía por la calle el buen perfume de la hierba buena y de la olorosa albahaca que exhalaban las macetas de algún balcón guayaquileño .
El agua en sombra del río , pasaba melancólicamente bajo los arcos de los muelles .
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