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Después de esto, me deseó buena suerte y se retiró. No lo volví a ver. Rafael el esposo de mi prima, llegó como a los cuarenta minutos. Los policías de tránsito ya estaban amenazándome con las cuentas de que tenían que llevarme para hacerme responsable de los “daños a la nación”. Me preguntaron si tenía asegurado el auto y le mencioné que acaba de vencerse el seguro y que no lo había renovado. Ya saben. Todo lo que querían era extorsionarme. Me pidieron una buena cantidad de dinero y lo único que pude sacarles era que a cambio de ello, me acompañaran a mi domicilio para que no fuera a pararme otra patrulla.

Le pedí de favor a un vecino que tenía cochera para varios autos, que me permitiera guardar el carro aplastado como estaba y después de conseguir que lo hiciera me fui a casa, donde mi esposa ya me esperaba con el sufrimiento reflejado en el rostro. Le conté que fue un accidente ocasionado por la llanta que había tirada en el carril donde yo circulaba y traté de calmarla, para que no fuera a hacerle daño la noticia.

Cuando se tranquilizó se subió a dormir, y yo mientras tanto me quedé en el jardincito que tengo en la parte posterior de la casa reflexionando sobre lo sucedido. Nunca me culpé, porque efectivamente yo no tuve la culpa. Pero lo que más tenía presente en mi cerebro, aparte del gran susto que pasé, era la presencia de aquel hombre que, hasta la fecha no sé quién fue, ni de donde salió, pero que con su ayuda, me permitió sortear favorablemente la situación adversa que viví ese día. Es probable que fuera uno de los conductores que venían circulando contra mi auto y que al ver el accidente se detuvo para tratar de ayudar. Aunque también pudo ser alguna persona de los alrededores que escuchó el golpe y salió a ver y después prestar la ayuda que me dió.

Al fin, no lo sé a ciencia cierta, pero es indudable que su acción representa una reconciliación con el género humano, porque ¿cuántos hay que hagan estas acciones en nuestros días? Por muy calmado que él estuviera tuvo que verse afectado por el accidente. Sin embargo, conservó la sangre fría y pudo auxiliarme de una manera precisa y desinteresada. Espero que viva y que Dios le bendiga por su noble acción.

Por último, quisiera narrar otra experiencia más, en donde la calidad humana se hizo patente, y aunque no fue en un trance como los dos anteriores, si me dejó también una gran lección de cómo los seres humanos podemos ser solidarios aún en las situaciones más simples del diario acontecer.

Soy oriundo del hermoso Estado de Michoacán, y nunca había realizado un viaje de vacaciones con mi esposa e hijos para que conocieran parte de las poblaciones del estado donde nací. Esa vez hicimos un recorrido por Queréndaro, Morelia, Pátzcuaro, la isla de Janitzio, Paracho, el Parque Nacional de Uruapan, Quiroga y vuelta a Morelia y de ahí de regreso al Estado de México, donde residimos.

La anécdota que quiero contarles ocurrió en la población de Quiroga, donde cómo ya saben quiénes han estado allí, hay un gran mercado de artesanías, sobre todo de materiales en madera, plomo, vidrio, etc. El recorrerlo nos ha de haber llevado más o menos tres horas, y nos sorprendimos de la calidad de artesanías que producen los habitantes de ese lugar. Posteriormente fuimos a comer las exquisitas carnitas, tan conocidas en todo el país, ya que dónde llegan a anunciarse las mismas, siempre para atraer a la clientela se dice que son hechas estilo Quiroga. Empleamos otro tiempo más en visitar la iglesia del lugar y dar un recorrido por el pueblo. En fin, aprovechamos la estancia y quedamos gratamente complacidos con lo que observamos y comimos.

JUAN COLÍN

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