2 Generaciones Número 10 | Page 47

MÉXICO

La angustia al ver que todos los coches venían en contra mía, hizo que yo acelerara para evitarlos. La consecuencia fue que me estrellé contra la banqueta de contención de los carriles contrarios y escuché un golpe sordo y sonoro. No sentí nada, pero estaba confundido y temeroso. El auto había volcado y yo me encontraba sin saberlo a ras de tierra y las llantas giraban rápidamente arriba de mi cabeza, es decir, el toldo abajo y las llantas arriba.

En verdad les digo que entre un momento y otro no creo que hayan transcurrido ni diez segundos. Así de rápido puede llegarle a uno la muerte por accidente. Dentro del automóvil traté de moverme pero tenía el cinturón de seguridad puesto y mientras pensaba que debía hacer oí una voz desde fuera que me preguntaba: “¿Me escuchan? ¿Cuántas personas hay adentro?” Le contesté: “nada más yo, el conductor”. Entonces me dijo: “ponga atención: cálmese y tóquese el cuerpo y la cabeza y mire si no está sangrando o le duelo alguna parte”. Eso hice. Me toque la cabeza, la cara y las manos pero no había rastros de sangre. Luego procedí a palparme la nuca, las piernas, los brazos y los hombros, pero no tenía dolor alguno y así se lo hice saber a quién me hablaba desde afuera del auto. Enseguida me indicó que me mantuviera tranquilo que él y otras personas iban a tratar de enderezar el coche. Sin embargo, lo pensó mejor y me pidió que me quitara el cinturón de seguridad porque iba a tratar de sacarme del auto primero. Desabroché el cinturón y él me pidió que abriera la portezuela, lo cual no podía hacer porque el coche estaba llantas para arriba y eso me descontroló. Después de ubicarme cómo hacerlo, al fin accioné la manija de la puerta y ésta se abrió. Entonces procedieron a sacarme del automóvil. Sorpresivamente me encontré que cuando menos medio centenar de personas estaban atentas a lo que ocurría. Varios de los que ahí se encontraban ayudaron a la persona que me había estado hablando y pusieron el auto en posición correcta.

Cuando las personas que habían salido de sus casas al escuchar el ruido se dieron cuenta de que no había más que ver, rápidamente se fueron retirando hasta no quedar más que cuatro o cinco

de ellas junto a mí. El señor que me auxilió, me llevó aparte y me dijo: Mire, sé que está confundido y desorientado, por ello escúcheme muy bien y concéntrese en lo que le voy a decir. ¿Trae usted valores?, si los trae póngalos en la cajuela. Su tarjeta de circulación sáquela de la guantera y guárdesela en el saco. Igualmente si tiene seguro, saque la póliza y tenga a la mano también y así mismo su licencia de conducir, porque no tardan en venir los agentes de tránsito y se la van a pedir. Por último piense bien a quien puedo yo llamarle, ya sea un familiar, un vecino o un amigo que viva cerca de su domicilio, para decirle lo que sucedió y que vengan a apoyarle. Pensé entonces en el esposo de una prima que vivía cerca de casa y entonces me pidió que le diera el teléfono.

Después de esto, me deseo buena suerte y se retiró. No lo volví a ver. Rafael el esposo de mi prima, llegó como a los cuarenta minutos. Los policías de tránsito ya estaban amenazándome con las cuentas de que tenían que llevarme para hacerme responsable de los “daños a la nación”. Me preguntaron si tenía asegurado el auto y le mencioné que acaba de vencerse el seguro y que no lo había renovado. Ya saben. Todo lo que quería era extorsionarme. Me pidieron una buena cantidad de dinero y lo único que pude sacarles era que a cambio de ello, me acompañaran a mi domicilio para que no fuera a pararme otra patrulla.

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