2 Generaciones Número 10 | Page 46

Cuando hubo terminado, me miró y dijo: “présteme su llanta de refacción”, y entonces totalmente avergonzado le dije la verdad, que en un exceso de confianza porque las cuatro llantas eran nuevas, no traía llanta de refacción.

Se quedó pensativo por breves instantes y me preguntó: “¿Dónde vive usted?” En Cuautitlán Izcalli, le dije. “Mire”, me contestó, “tengo un asunto pendiente que atender y apenas llego, pero si lo dejo aquí, en su casa se van a preocupar. Le voy a prestar mi llanta de refacción para que pueda llegar a su domicilio y allí me la regresa”. Oye, le dije, pero tienes tu compromiso y no quiero perjudicarte. “No importa” contestó, “ponga la llanta y yo le sigo”. Yo estaba atónito. ¿De dónde había salido este joven que tan amablemente me ayudaba? Pero bueno, no debía perder tiempo, así que puse en marcha el automóvil y el me siguió siempre a una buena distancia. Llegué a casa, me quitÉ el saco y la corbata y procedí a levantar el coche y retirar la llanta prestada. Cuando hube terminado le agradecí y le pregunté: “¿Cuánto te debo?” “Nada me dijo, no es nada”. “Pero, ¿cómo puedo pagarte el inmenso favor que me has hecho?”, le dije. Me contestó: “lo hice con mucho gusto y por ayudarle a salvar su situación, quédese en paz y resuelva lo de su llanta y llave de cruz, porque le puede volver a pasar”. “Pues que Dios te bendiga”, le dije al final y se fue.

Cuando le conté a mi esposa, me reclamó diciéndome ¡Cuándo menos lo hubiera invitado a comer! Eso hice, ¡pero no aceptó! Me dijo que tenía mucha prisa. Hoy treinta y tres años después, he vuelto a recordar la actitud de este ser humano y no dejo de reconocer que es un garbanzo de a libra como dice el dicho. Su ayuda fue muy valiosa para mí, mi mujer y mis hijos, y también me enseñó que los seres buenos y caritativos sí existen, aunque muchos se empeñen en negarlo.

La segunda anécdota que les contaré, fue allá por los años de 1987. Resulta que regresando del trabajo hacia mi casa, en la curva que hay frente al panteón Jardines del Recuerdo, vi por el retrovisor que un auto detrás de mí, encendía su direccional para señalarme que quería rebasarme, además me lanzó las luces altas porque venía muy rápido. Entonces yo moví la palanca de la direccional derecha indicándole que había entendido y que iba a pasarme al carril central, de momento no podía hacerlo porque iba un auto en dicho carril. Cuando se hizo el espacio, observé por el espejo retrovisor para ver si el conductor de atrás había captado la señal. Sin embargo, para mi sorpresa el individuo ya estaba rebasando por la derecha, pasándose hasta el primer carril.

Ese instante hizo que yo continuara observando cómo el sujeto conducía a exceso de velocidad por el carril derecho y rebasaba a todos los demás. Delante de mí iba un autobús de pasajeros (no recuerdo la línea) que llevaba una velocidad normal de 80 kilómetros, como está permitido. Esto sucedió ya saliendo de la curva, es decir, en línea recta. Pero la sorpresa que me llevé fue mayúscula, pues de repente ante mí apareció una llanta tirada en el carril en que yo circulaba pero no era sólo la llanta sino también estaba montada sobre el rhin. El instinto hizo que girara el volante para tratar de evitarla, pero lo único que conseguí fue precisamente pasar sobre de ella, lo cual provocó que el coche se ladeara y brincara y lo que observe con gran susto fue el cielo ya que el automóvil se desequilibró completamente. Después en cuestión de segundos el auto volvió a caer sobre las cuatro llantas, pero con el impulso, la dirección se torció, haciendo que el auto se pasara al carril contrario, por dónde venían una decena de autos en sentido contrario al mío (ya que el auto se pasó al otro lado).

JUAN COLÍN

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