06 En la Ruta del Titiritero enero-marzo 2015 | Page 37

En este sentido, la demanda cultural se fortalecerá en función de la calidad de acciones culturales para la construcción de una democracia participativa y de un capital cultural sustentado en la defensa de los derechos culturales y, es precisamente con la aplicación de este criterio, que han de surgir los públicos que demanden espacios artísticos y culturales como parte de sus paisajes cotidianos. ¿Qué son los niños y las niñas entonces? Básicamente sujetos de conocimiento, que cuentan con las habilidades necesarias para intervenir y opinar sobre las formas en las que se relacionan, en las que se organizan y sugerir las modificaciones pertinentes de acuerdo con sus necesidades. Su realidad no es un ámbito externo, dado que su conocimiento supone un punto de vista en torno a ella, con múltiples construcciones que se elaboran en la convivencia cotidiana y en su relación con los diversos estímulos a los que tienen acceso, produciéndose una adaptación funcional al mundo que han interpretado. “A través de la participación guiada los niños ‘pueden apropiarse de –hacer suyos- los conocimientos y las herramientas culturales que forman parte de la actividad. El concepto de apropiación acentúa el hecho de que este hacer suyos supone una reconstrucción y una transformación de los conocimientos y los instrumentos que son objeto de la apropiación”4 La virtud de las expresiones artísticas y culturales radica en sus posibilidades de comunicación que, ante el estímulo de los sentidos, depositan en quienes reciben la información, la adquisición de un sinfín de posibilidades, de alternativas que amplían la percepción de su realidad y con ello, la posibilidad de imaginar la reestructuración de dicha percepción. Los artistas y en particular, los titiriteros, formamos parte de un esfuerzo para detonar nuevas percepciones simbólicas que permitan enfrentar las realidades de los distintos entornos en los que niños y niñas se desarrollan. La fantasía forma parte de la actividad mental creadora y no responde a procesos mentales fortuitos y aislados de referentes extraídos de la realidad. Se construye de acuerdo con los niveles de madurez de niños y niñas, que les permiten aprehender sus experiencias desde diversas perspectivas. Hacer suyas estas experiencias dependerá de la recepción de estímulos apegados a sus necesidades, a sus vivencias, pero sobre todo, a aquello que les afecta familiar, social y culturalmente, dado que allí se encuentran los espacios de su cotidiano, en dónde se hacen manifiestos los lenguajes interiores vinculados con los sentimientos y la emoción. Los títeres por sus características fantásticas e imaginativas, unidas a propuestas estéticas y de contenido, permiten jugar con las formas en las que el niño se relaciona con su realidad, de tal manera que le brindan elementos para generar actitudes reflexivas que se detonan en un momento lúdico y divertido. La condición del titiritero como artista-creador, le permite definir y construir, como todo artista, las formas de expresión, comunicación y reflexión que quiere compartir con sus públicos. Al trabajar en el proceso de creación, el titiritero se compromete con la convicción de que los afectos estéticos son tan poderosos que pueden alcanzar la más elevada intensidad del sentimiento, al liberar una actividad extremadamente intensificada de la imaginación. Este proceso de catarsis, de acuerdo con Vygotsky consiste, precisamente, en la transformación de los afectos, respuesta explosiva que culmina en su descarga a través de emociones. Al experimentar la emoción, los niños se acercan a prácticas imaginativas que los conducen a fantasías como vía de acercamiento a la comprensión de la realidad, porque “los sufrimientos y anhelos de personajes imaginarios, sus penas y alegrías nos emocionan contagiosamente pese a que sabemos bien que no son sucesos reales, sino elucubraciones de la fantasía5”, sin embargo los asumimos como parte de nuestra realidad en tanto responden a emociones que compartimos como colectivo. El arte en general y el arte del títere en particular, tienen la tarea de transformar imaginarios individuales y colectivos, de allí que su práctica cotidiana y su colectivización, sean también los medios que contribuyen para la construcción de una convivencia social sana; la consolidación de lazos sociales, y el fortalecimiento de una cultura de paz. 4 Cubero Pérez, Rosario, Elementos básicos para un constructivismo social, Avances en Psicología Latinoamericana. Fundación para el avance de la psicología, vol. 23, Colombia, pp. 48, 49. http://revistas.urosario.edu.co/index.php/apl/article/view/1240 5 Vigotsky,Lev S. La imaginación y el arte en la infancia. Ensayo psicológico, Ediciones Coyoacán, México, 2001, p. 25.