06 En la Ruta del Titiritero enero-marzo 2015 | Page 36
prefiere, el castillo medieval amurallado y con el puente elevado. Se colocan puertas blindadas con mirilla
para ver sin ser vistos; se instalan porteros automáticos con video, sistemas de alarma; las normas de la
comunidad de vecinos impiden la entrada a los extraños. Se enseña al niño a no abrir a nadie, a no detenerse
a hablar con nadie, a no aceptar nada de desconocidos”1.
Esto en franca contradicción con los principios de solidaridad, equidad, respeto entre los individuos,
sana convivencia y promoción de la interculturalidad que las distintas legislaciones de derechos humanos y
culturales plantean.
Ante todo esto, es necesidad apremiante, preparar a los públicos desde la infancia para crear y
demandar las acciones artísticas y culturales con capacidad de planificación, que desde mi punto de vista se
encuentra en estrecha relación con el fortalecimiento de la capacidad para tomar decisiones como resultado
del estímulo a la reflexión y al análisis.
El acto reflexivo se vincula con el concepto de uso del tiempo libre que Amozurrutia considera como el
espacio para reflexionar y satisfacer deseos que llenan vacíos o crean nuevas arborescencias de identidad y/o
memoria, a lo que agrega que:
“La reflexión de nuestro tiempo libre requiere distinguir más claramente si el rumbo que llevamos
tiene la conciencia de ser propio o de estar conducido sutilmente a usos y espacios de aparente libertad y
perfecto control […] La reflexión del tiempo libre requiere distinguir más claramente si conduce al lugar donde
deseamos llegar o al lugar donde desean que lleguemos”2.
El trabajo artístico y cultural destinado al público infantil ha de sustentarse en que se acepten como
personas en situación de vulnerabilidad, cuya tarea última es la demanda de atención a sus requerimientos
sociales, económicos, políticos, artísticos y culturales, es decir, de atención a sus derechos humanos y
culturales.
Los sucesos artísticos y culturales como lenguaje, son eje para el reconocimiento de una pertenencia
cultural y de una percepción del individuo frente a su entorno.
Arte y cultura como experiencia consciente de una vivencia y convivencia cotidianas, fortalecerán en
niños y niñas una razón de pertenencia armónica ante la diversidad y la divergencia, al fortalecer códigos y
lenguajes que les permitan discernir, opinar y decidir para el ejercicio pleno de sus derechos individuales y
colectivos, importante es entonces, enriquecer en ellos el lenguaje, única vía para nombrar las múltiples
experiencias de vida.
El vínculo cotidiano de los niños con el arte y la cultura, ampliará las posibilidades de nombrar nuevas
formas de convivencia y de ser, hecho que no deja de lado las experiencias estéticas que van más allá de lo
bello, como “un modo específico que los seres humanos tenemos para apropiarnos de la realidad y donde se
destacan cuestiones ligadas a la sensibilidad y vinculadas a otras formas de apropiación y a las condiciones
históricas, sociales y culturales donde se vive”. No menos podemos decir respecto a la importancia que la
experiencia artística tiene en el estí