nuestra vida. Cuando se mudaron al centro de la
ciudad, a una casona de dos pisos con un gran patio
central, no hubo espacio para poner ni sala, ni
comedor. En su lugar había solo títeres de todos los
tamaños, infinidad de personajes de unas historias
y otras, separados y revueltos. Todos los cuartos de
la planta inferior de la casa estuvieron destinados
para ellos. Un cuarto amplio se ocupó para el taller:
había un tablón para trabajar, una máquina de
coser, herramienta, botes de pintura, kilos de hule
espuma, etcétera. Esa casa fue museo. Leo pintó
sobre las paredes del taller un mural en el que
grandes manos animaban las piernas y brazos de
una marioneta que no tenía cabeza ni torso).
nublan. A veces el dolor borra muchos detalles, a
veces el dolor no me deja ver. No quiero ver al
pasado.
A pesar de todo, no conocí, ni ahora ni antes, a dos
personas con tantas ganas de ser titiriteros. No
importaba si era teatro, festival, museo o fiesta
infantil, ellos daban todo en la función. Teníamos
un compromiso de mejorar independientemente
del tipo de público o foro. A veces nos fue muy
bien, a veces muy mal.
El grupo creció y a cada uno de nosotros también
nos crecieron nuestras propias ramas. Leo estaba
invitado constantemente a construir títeres para
otros grupos y comenzaba a destacarse como
director. Planeamos hacer un espectáculo para
adultos que nunca llegó concretarse.
También fue bodega, foro, el lugar de los ensayos,
lugar de encuentro y fiesta, guarida de titiriteros, la
casa en la que soñábamos el siguiente proyecto y
discutíamos a gritos y sombrerazos. Esa casona fue
mi hogar. Yo vivía, es mejor decir que dormía, en
un cuarto de vecindad a tres cuadras de ahí.
Nuestros días y noches consistían en dar función,
regresar al taller-casa a seguir construyendo,
terminar y ensayar. Cuando no había función, a
veces hacíamos cosas chiquitas solo para nosotros,
para sus hijas, que para entonces ya eran tres. Frida
nació dos años después que las gemelas. Ellos
movían al grupo, lo dirigían, le daban el carácter
guerrero para abrirse paso en la escena tapatía:
una trayectoria meteórica. Trabajábamos duro.
“Por nuestro trabajo nos reconocerán”, decía Leo
cuando no obteníamos una beca o nos dejaba
plantados algún funcionario de cultura. Además,
ellos debían mantener a tres hijas, y más de una
vez Leo vendió obras que todavía no había hecho.
Arriesgados, siempre apostaron fuerte, se sabían
capaces.
Son muchas las historias, no es posible contarlo
todo. Una sonrisa y una lágrima me abren ese baúl
lleno de recuerdos: las carcajadas, tantas
travesuras, tantas experiencias, y todas a través de
los títeres. Mi memoria me traiciona, no sé si fue
un sueño o un recuerdo… hay cosas que se
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