03 En la Ruta del Titiritero | Page 37

nuestra vida. Cuando se mudaron al centro de la ciudad, a una casona de dos pisos con un gran patio central, no hubo espacio para poner ni sala, ni comedor. En su lugar había solo títeres de todos los tamaños, infinidad de personajes de unas historias y otras, separados y revueltos. Todos los cuartos de la planta inferior de la casa estuvieron destinados para ellos. Un cuarto amplio se ocupó para el taller: había un tablón para trabajar, una máquina de coser, herramienta, botes de pintura, kilos de hule espuma, etcétera. Esa casa fue museo. Leo pintó sobre las paredes del taller un mural en el que grandes manos animaban las piernas y brazos de una marioneta que no tenía cabeza ni torso). nublan. A veces el dolor borra muchos detalles, a veces el dolor no me deja ver. No quiero ver al pasado. A pesar de todo, no conocí, ni ahora ni antes, a dos personas con tantas ganas de ser titiriteros. No importaba si era teatro, festival, museo o fiesta infantil, ellos daban todo en la función. Teníamos un compromiso de mejorar independientemente del tipo de público o foro. A veces nos fue muy bien, a veces muy mal. El grupo creció y a cada uno de nosotros también nos crecieron nuestras propias ramas. Leo estaba invitado constantemente a construir títeres para otros grupos y comenzaba a destacarse como director. Planeamos hacer un espectáculo para adultos que nunca llegó concretarse. También fue bodega, foro, el lugar de los ensayos, lugar de encuentro y fiesta, guarida de titiriteros, la casa en la que soñábamos el siguiente proyecto y discutíamos a gritos y sombrerazos. Esa casona fue mi hogar. Yo vivía, es mejor decir que dormía, en un cuarto de vecindad a tres cuadras de ahí. Nuestros días y noches consistían en dar función, regresar al taller-casa a seguir construyendo, terminar y ensayar. Cuando no había función, a veces hacíamos cosas chiquitas solo para nosotros, para sus hijas, que para entonces ya eran tres. Frida nació dos años después que las gemelas. Ellos movían al grupo, lo dirigían, le daban el carácter guerrero para abrirse paso en la escena tapatía: una trayectoria meteórica. Trabajábamos duro. “Por nuestro trabajo nos reconocerán”, decía Leo cuando no obteníamos una beca o nos dejaba plantados algún funcionario de cultura. Además, ellos debían mantener a tres hijas, y más de una vez Leo vendió obras que todavía no había hecho. Arriesgados, siempre apostaron fuerte, se sabían capaces. Son muchas las historias, no es posible contarlo todo. Una sonrisa y una lágrima me abren ese baúl lleno de recuerdos: las carcajadas, tantas travesuras, tantas experiencias, y todas a través de los títeres. Mi memoria me traiciona, no sé si fue un sueño o un recuerdo… hay cosas que se 37