Tlakuache comenzaron poco a poco a mostrar
rasgos característicos, tales como bocas grandes,
labios gruesos, barba partida y grandes ojos rojos.
presentaciones de otros grupos, participábamos en
los talleres y por las noches, la fiesta. Éramos uno
de los grupos más jóvenes y sin experiencia, pero
los titiriteros, como buen clan, fueron generosos al
reconocer nuestro trabajo. Las críticas que
recibimos entonces, a veces durante las fiestones
que se armaban, hicieron que nuestro trabajo
mejorara muchísimo. El intercambio en Monterrey
fue siempre cálido y de gran aprendizaje. Íbamos
cada año, no nos importaba fallar, meter la pata,
no teníamos nada que perder así que nos dábamos
el lujo de jugar. El juego siempre fue importante
para los tres.
Diría que con frecuencia Leo hacia autorretratos,
los títeres se parecían a él. El grupo se destacó
rápidamente por la forma de realizar títeres. Leo
maduró rápido como creativo plástico, tanto como
lo hizo Jake en la confección de los vestuarios. Yo
poco a poco me concentré en la animación y en la
dramaturgia, dando ideas para definir el carácter
de los personajes. Sin embargo, los tres
interveníamos constantemente en todos los
procesos de forma simultánea (a veces caótica,
pero siempre creativamente) Ideas, resoluciones,
desacuerdos, redefinir historias, los escenarios, los
artefactos, etc. Funcionábamos como un colectivo
en el que las decisiones las tomaba Leo, que era el
director, pero en las que Jake y yo interveníamos
seriamente. Por esa razón, la batalla que se daría
más tarde con la familia de Jake por los títeres y los
derechos del grupo, fue una dura experiencia que
me condujo a momentos de gran amargura y duda
sobre mi propia identidad.
Como grupo, El Tlakuache fue a un montón de
festivales en San Luis Potosí, DF, Tabasco, Baja
California y Querétaro. A esos viajes algunas veces
nos llevábamos a las gemelas, otras veces se
quedaban con sus abuelos. De todos los festivales
que recuerdo con más cariño son los encuentros de
titiriteros en Monterrey, donde veíamos las
Un tema constante en los montajes de El Tlakuache
durante esos años fue la muerte. Leo decía: “no
hay conflicto más grande que la muerte”, así que
en todas las obras en algún punto de la historia
alguien moría. En “El hombre que vendió su alma
al diablo”, el personaje Gorgonio comía tanto que
al final el diablo se lo llevaba. En “Dedos de luna”
se cuenta la historia de Don Goyo, un abuelo que
transmitía el oficio de mascarero a su nieto antes
de morir. Los títeres podían morir de verdad en el
escenario y revivir. Esa magia que se experimenta
en el teatro de títeres la viví con ellos, con Leo y
Jake.
También aprendí a sentir amor y respeto por lo que
hacíamos. Los títeres eran omnipresentes en
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