03 En la Ruta del Titiritero | Page 36

Tlakuache comenzaron poco a poco a mostrar rasgos característicos, tales como bocas grandes, labios gruesos, barba partida y grandes ojos rojos. presentaciones de otros grupos, participábamos en los talleres y por las noches, la fiesta. Éramos uno de los grupos más jóvenes y sin experiencia, pero los titiriteros, como buen clan, fueron generosos al reconocer nuestro trabajo. Las críticas que recibimos entonces, a veces durante las fiestones que se armaban, hicieron que nuestro trabajo mejorara muchísimo. El intercambio en Monterrey fue siempre cálido y de gran aprendizaje. Íbamos cada año, no nos importaba fallar, meter la pata, no teníamos nada que perder así que nos dábamos el lujo de jugar. El juego siempre fue importante para los tres. Diría que con frecuencia Leo hacia autorretratos, los títeres se parecían a él. El grupo se destacó rápidamente por la forma de realizar títeres. Leo maduró rápido como creativo plástico, tanto como lo hizo Jake en la confección de los vestuarios. Yo poco a poco me concentré en la animación y en la dramaturgia, dando ideas para definir el carácter de los personajes. Sin embargo, los tres interveníamos constantemente en todos los procesos de forma simultánea (a veces caótica, pero siempre creativamente) Ideas, resoluciones, desacuerdos, redefinir historias, los escenarios, los artefactos, etc. Funcionábamos como un colectivo en el que las decisiones las tomaba Leo, que era el director, pero en las que Jake y yo interveníamos seriamente. Por esa razón, la batalla que se daría más tarde con la familia de Jake por los títeres y los derechos del grupo, fue una dura experiencia que me condujo a momentos de gran amargura y duda sobre mi propia identidad. Como grupo, El Tlakuache fue a un montón de festivales en San Luis Potosí, DF, Tabasco, Baja California y Querétaro. A esos viajes algunas veces nos llevábamos a las gemelas, otras veces se quedaban con sus abuelos. De todos los festivales que recuerdo con más cariño son los encuentros de titiriteros en Monterrey, donde veíamos las Un tema constante en los montajes de El Tlakuache durante esos años fue la muerte. Leo decía: “no hay conflicto más grande que la muerte”, así que en todas las obras en algún punto de la historia alguien moría. En “El hombre que vendió su alma al diablo”, el personaje Gorgonio comía tanto que al final el diablo se lo llevaba. En “Dedos de luna” se cuenta la historia de Don Goyo, un abuelo que transmitía el oficio de mascarero a su nieto antes de morir. Los títeres podían morir de verdad en el escenario y revivir. Esa magia que se experimenta en el teatro de títeres la viví con ellos, con Leo y Jake. También aprendí a sentir amor y respeto por lo que hacíamos. Los títeres eran omnipresentes en 36