troncos, ramas, plumas etc. Los procesos creativos
y recursos constructivos de Leo se volvieron
complejos muy rápidamente. Jake completaba el
trabajo con vestuarios que ella misma diseñaba y
cosía. Ambos eran incansables en escena: solo eran
ellos y los títeres. Los dos tomaron varios cursos de
animación y actuación, pero siempre se guiaron por
la intuición para crear personajes, imaginar
historias, y ya desde entonces, los títeres hechos
por Leo destacaban por una plástica impecable.
Más adelante, cuando surgió El Tlakuache, la
técnica plástica fue por mucho tiempo la carta
fuerte del grupo.
Yo tenía cierta experiencia en teatro de títeres,
pues entre 1996 y 1998 había formado parte de la
compañía Serendipity a cargo de Jorge Ramos
Zepeda, quien me invitó a trabajar con ellos en la
obra “Can Can Cabaret”, en la que me tocaba
mover un globito rojo. Con el tiempo me integraron
a todo el repertorio.
Con Leo y Jake, la primera obra que montamos en
el D.F. en 1996 fue “La escoba de la viuda”. Todo
salió muy mal: no terminamos la producción,
olvidamos los diálogos, etcétera. Pero esa mala
experiencia nos hizo querer a los títeres, quedamos
atrapados: era lo que queríamos hacer. De alguna
manera cada quien siguió haciendo títeres a su
manera y como pudo , ellos en Guadalajara con
su grupo El Retablo y yo
en el DF
con
Serendipity. Pasamos por lo menos 4 años sin
vernos, solo hablamos
de vez en cuando por
teléfono. Tal vez por eso, cuando me fui a
Guadalajara y me uní a ellos fue tan natural, tan
orgánico, ya sabíamos en que habíamos fallado y
ahora solo quedaba crecer.
Ya viviendo en Guadalajara, Leo, Jake, Miguel, Ana,
Nico y yo fundamos El Tlakuache, en abril del
2000. Nuestro primer montaje se llamó “El árbol”,
el cual presentamos en el festival Papirolas. Creo
que ese fue el momento decisivo para los todos.
Leo y Jake habían dejado todo para dedicarse 100
por ciento a los títeres y yo los seguí. Trabajamos
juntos durante 7 años, fueron mis maestros en el
escenario, en la vida fueron mi familia, sus hijas,
nuestras. Los títeres no eran solo trabajo, eran
parte de la vida cotidiana. No distinguíamos entre
el ensayo, la fiesta, el descanso y la función.
Yo los conocí antes que se casaran, Leo y yo éramos
amigos de parranda. Yo tenía 16 y el 17 cuando
dábamos el rol al cine, al mercado o escuchábamos
canciones melosas que luego él interpretaba con la
guitarra. Cuando cumplimos 18, él conoció a Jake y
yo entré al CCH (Colegio de Ciencias y
Humanidades. Cuando ellos se mudaron a
Guadalajara, yo estaba en la Facultad de Filosofía y
Letras de la UNAM cursando Arte dramático, así
que solo nos comunicábamos de vez en cuando por
teléfono. En el 2000 hubo huelga en la Universidad
y yo acababa de terminar mis estudios, cuando
Leo me llamo por teléfono para decirme: “hay un
trabajo que te puede interesar”. Yo, sin nada que
hacer, acepté su invitación para visitarlos en
Guadalajara y ver de qué se trataba. Fue una visita
larga que acabó en migración definitiva. Leo me
contó sobre el trabajo que él y Jake hacían con
títeres y de su amistad con Miguel Ángel y Ana
(fundadores de Luna Morena).
Leo dedicaba muchas horas en el taller a la
construcción de los títeres y lo hacía de un modo
increíble: era rápido y resolvía con mecanismos
complejos su movilidad. Sus soluciones materiales
siempre causaban mi admiración. Los títer \