03 En la Ruta del Titiritero | Seite 35

troncos, ramas, plumas etc. Los procesos creativos y recursos constructivos de Leo se volvieron complejos muy rápidamente. Jake completaba el trabajo con vestuarios que ella misma diseñaba y cosía. Ambos eran incansables en escena: solo eran ellos y los títeres. Los dos tomaron varios cursos de animación y actuación, pero siempre se guiaron por la intuición para crear personajes, imaginar historias, y ya desde entonces, los títeres hechos por Leo destacaban por una plástica impecable. Más adelante, cuando surgió El Tlakuache, la técnica plástica fue por mucho tiempo la carta fuerte del grupo. Yo tenía cierta experiencia en teatro de títeres, pues entre 1996 y 1998 había formado parte de la compañía Serendipity a cargo de Jorge Ramos Zepeda, quien me invitó a trabajar con ellos en la obra “Can Can Cabaret”, en la que me tocaba mover un globito rojo. Con el tiempo me integraron a todo el repertorio. Con Leo y Jake, la primera obra que montamos en el D.F. en 1996 fue “La escoba de la viuda”. Todo salió muy mal: no terminamos la producción, olvidamos los diálogos, etcétera. Pero esa mala experiencia nos hizo querer a los títeres, quedamos atrapados: era lo que queríamos hacer. De alguna manera cada quien siguió haciendo títeres a su manera y como pudo , ellos en Guadalajara con su grupo El Retablo y yo en el DF con Serendipity. Pasamos por lo menos 4 años sin vernos, solo hablamos de vez en cuando por teléfono. Tal vez por eso, cuando me fui a Guadalajara y me uní a ellos fue tan natural, tan orgánico, ya sabíamos en que habíamos fallado y ahora solo quedaba crecer. Ya viviendo en Guadalajara, Leo, Jake, Miguel, Ana, Nico y yo fundamos El Tlakuache, en abril del 2000. Nuestro primer montaje se llamó “El árbol”, el cual presentamos en el festival Papirolas. Creo que ese fue el momento decisivo para los todos. Leo y Jake habían dejado todo para dedicarse 100 por ciento a los títeres y yo los seguí. Trabajamos juntos durante 7 años, fueron mis maestros en el escenario, en la vida fueron mi familia, sus hijas, nuestras. Los títeres no eran solo trabajo, eran parte de la vida cotidiana. No distinguíamos entre el ensayo, la fiesta, el descanso y la función. Yo los conocí antes que se casaran, Leo y yo éramos amigos de parranda. Yo tenía 16 y el 17 cuando dábamos el rol al cine, al mercado o escuchábamos canciones melosas que luego él interpretaba con la guitarra. Cuando cumplimos 18, él conoció a Jake y yo entré al CCH (Colegio de Ciencias y Humanidades. Cuando ellos se mudaron a Guadalajara, yo estaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM cursando Arte dramático, así que solo nos comunicábamos de vez en cuando por teléfono. En el 2000 hubo huelga en la Universidad y yo acababa de terminar mis estudios, cuando Leo me llamo por teléfono para decirme: “hay un trabajo que te puede interesar”. Yo, sin nada que hacer, acepté su invitación para visitarlos en Guadalajara y ver de qué se trataba. Fue una visita larga que acabó en migración definitiva. Leo me contó sobre el trabajo que él y Jake hacían con títeres y de su amistad con Miguel Ángel y Ana (fundadores de Luna Morena). Leo dedicaba muchas horas en el taller a la construcción de los títeres y lo hacía de un modo increíble: era rápido y resolvía con mecanismos complejos su movilidad. Sus soluciones materiales siempre causaban mi admiración. Los títer \