el espejo frente a ella, la única luz provenía de afuera, de los faros en la calle,
pero el terror en su expresión era tan crudo que parecía desprender un aura lu-
minosa. Por fin parecía despertar de un largo sueño. La bella durmiente estaba
resintiendo el tornado de la realidad. Ante ella, una joven de aspecto anímico y
facciones desfiguradas por el miedo la miraba como si fuera lo más escalofrian-
te de la vida. Comenzó a temblar, la existencia volvía a ella, sintió las sábanas
debajo de su cuerpo y aspiró el fuerte olor a lluvia. La oscuridad que rodeaba a
la chica del espejo se parecía mucho a la que la abrigaba a ella también afuera
de ese cuadro. Negó desesperadamente, la chica frente a ella la imitó; los re-
do por su ventana abierta, noches sin dormir, soledad, depresión, confusión,
negación. Era ella, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras
encarnaba a la mujer del espejo, a quien le había reprochado mentalmente por
tantos días seguidos. Como hoyo negro, la imagen la arrastró hacia la habita-
ción, hacia el espejo y estaba sola, aterrorizada y en blanco. Así, como ráfaga y
derrumbe, algo subió por su garganta y salió disparado hacia sus labios:
–¿¡Cómo te llamas!?... ¿¡Cómo me llamo!?
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cuerdos comenzaron a llover sobre ella: días de encierro, lluvias intrusas entran-