manos a su cabello y enredó sus dedos entre sus fibras resecas y enmarañadas.
Su rostro pareció alargarse, así observaba el reflejo completamente de frente,
con la barbilla un poco alzada, casi desafiaba al espejo.
“Me das un poco de vergüenza, ¿ya te lo había dicho antes? Claro que sí. Tal
vez deberías llamarte Berta, por rara. De esa forma, todos estarían avisados y
no se meterían con alguien como tú, así es como yo acabé aquí. Elvira es un
nombre feo, con ese todos te evitarán, algo digno y justo de hacer. Entre tantos
enredos, tantas vueltas y tantas miradas, pareces un laberinto. ¿Por qué debo
ser yo la que debe encontrar la salida? Yo no pedí esto, yo no pedí estancarme
contigo. Pero eso sí, fue mi error acercarme a ti para tratar de conocerte, para
cuestionarte. Dicen que la curiosidad mató al gato”.
Ya no había luz a su alrededor, la habitación estaba más gris que antes, el frío
vibraba haciéndole segunda al tamborileo del pie y a los erráticos suspiros de
la joven. La cama destendida se sintió más vacía que antes, las paredes grises
se estremecieron ante la falta de pintura, la puerta no se movió, no se abriría.
Por primera vez, la castaña retrocedió, su rostro por fin expresaba algo fuera de
la monotonía, sus pupilas temblaron igu