“… Agatha, como la escritora. Podrías leer todas sus novelas pensando que
tú misma las escribiste, misterio tras misterio. En todo caso, las hermanas Bron-
të también tenían nombres musicales: Charlotte y Emily. ¿No serías acaso una
mujer admirable? Podrías saltar de una lectura a otra, inspirarte y escribir más
libros, nunca terminar de contar historias. ¡Qué divertido! Todos te verían y se
conmoverían, te buscarían para ser tus amigos, para preguntarte mil cosas. De
seguro te pedirían respuestas, sobre las dudas que tuvieran acerca de los fina-
les, de los personajes, de tu inspiración. ¿Qué te inspiró a crear ese problema?
¿Qué te llevó a escribir ese final? ¿Qué te impulsó a crear ese mundo?”.
El sol estaba a un par de horas de esconderse, la luz en el cuarto comenzaba
a ser más anaranjada, el olor a lluvia seguía ahí. Aún resbalaba el silencio en el
ambiente, todo estaba reposando, aguardando, aguardando. Con un suspiro,
el primer despertador coartó la estática, el pie derecho de la joven estatua co-
menzó a subir y bajar en un constante golpeteo. Inadvertidamente, ya había un
indicador del tiempo, un trote que con su ritmo simulaba un reloj, un reloj que
avanzaba sin llegar a ningún lado. Podría también ser el sonido de una gotera,
la cual explicara el olor a humedad, pero los rayos solares seguían ahí, más den-
sos que antes. En realidad era un repiqueteo humano.
“¡No me mires así! Tienes facciones de todo menos de Alejandra, no sé cómo
siquiera lo consideraste. Si fueras un poco menos rubia y más curvilínea podrías
presentarte orgullosamente como Camila o Selena. Bueno, hay que sacarle ven-
taja a tus ojos azules… María. Así te cantarían muchas canciones bonitas, recibi-
rías numerosas serenatas y se pelearían por ti, la güera, como en aquellas viejas
películas nacionales. Pero, ¿por qué no jugar con tu tez? Sería curioso conocer a
una chica como tú que se llamara Panchita, es interesante revolver las cartas del
juego... Hazlos creer algo y luego rompe la fachada”.
La luz fue retrocediendo poco a poco, centímetro a centímetro en aquel sitio,
parecía que le costaba despedirse de un lugar tan necesitado de ella. Seguían
resonando las pulsaciones, al contrario de la luz, parecían avanzar y exaltar su
presencia. La temperatura también fue perdiendo fuerza, estaba siendo venci-
da por el advenimiento de la oscuridad y de la lluvia. Entonces, la joven llevó sus
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