“ T ú ni siquiera tienes cara de Rosalía. Suena como primavera, colores rosas, olor fresco, humor alegre … No, no eres Rosalía. Tal vez, solo tal vez podrías pasar por Carmen. ¿ Carmen?... No, es un motivo para que te comparen con esa horrible canción de aquella mujer despistada. En todo caso, siempre te ha gustado el nombre de Laura …”.
Los cabellos caramelo de la chica querdaron atrapados entre sus largos dedos, miró con aburrimiento sobre el espejo viejo y tras pasear la mirada por todo su cuerpo reflejado en él, dejó caer sus hebras con un largo suspiro. Eran pasadas las tres de la tarde, pero ella seguía usando las mismas prendas con las cuales había despertado desde muy entrada la madrugada; el rastro de su larga jornada estaba marcado en tonos purpúreos debajo de sus grandes ojos, y el paso del tiempo dejó huecos a cada lado de su fino rostro.
Habían pasado unas cuantas horas desde que perdió sensibilidad en sus piernas, experimentaba un ardor picante en sus talones, pero la determinación la mantenía como estatua frente a su reflejo. Ladeó la cabeza, analizando las pupilas temblorosas que le regresaban la mirada; su azul se asemejaba a la pintura de una pared muy desgastada, decolorada. A su alrededor había cuatro paredes grises, una gran ventana con cortinas corridas, una cama deshecha con sábanas lilas y una puerta beige, largamente cerrada. Amarillentos rayos solares exploraban el frío espacio, pese a que afuera desfilaba una cálida tarde; paradójicamente, entre esas cuatro paredes olía a tierra mojada. Reinaba un silencio liviano que acompañaba a la imperceptible corriente de aire y ambos jugaban con las pelusas volátiles evidenciadas por la luz.
Si la quietud pudiera hablar, se limitaría a susurrar, a admitir que estaba en espera de algo, algo muy deseado. Mientras más horas pasaban, más se pinceleaba la escena como en toda bella pintura emanada de las manos e imaginación de los grandes maestros; su postura de a poco se transformaba en un cuadro de Van Gogh o Monet. La joven parecía ser un personaje estático, de vez en cuando cambiaba el lado hacia donde inclinaba la cabeza como toda buena musa; sin embargo, se empeñaba en mirar el espejo de arriba abajo. La habitación meditaba, la chica también, pero ella más bien indagaba y excavaba.
CUENTO
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