Para apuración de su madre, la Virgencita fue quedando peor que antes, puro pellejo y huesitos. Se le
transparentaban las venas que parecían no cargar sangre sino aquella extraña luz de luna que salía de toda ella.
Nomás le resaltaban los ojotes negros como norias profundas que reflejaban un cielo estrellado, en su carita de
virgen de porcelana. Así de linda y milagrosa era m’ijita; mi niña a quien no le crei que era la mismita Virgen de los
Remedios, pero era verdad, la purita verdad… y tú, ¡¿qué sabías de esto?!, ¡si sólo eres un perro mal nacido!
El tiempo pasó, la Virgencita continuó curando a la gente, aliviando sus dolores del alma y cuerpo; y yo seguí
juntando piedras para construir el templo que Dios ordenaba. Cada peregrino tenía el mandato de traer una piedra
para la iglesia, peñascos que iba apilando en el sitio elegido por Dios. Así mi niña cumplió los doce y era más bonita
que la misma virgen del templo de Santa María de las Gracias; y hasta ese día, lo único que aprendí de ella fue
tener una querencia muy honda y muy grande por todos los animales, árboles, yerbas y flores. Pero en aquel día no
pude imaginarme que iba a llenarme otra vez de odio, de odio puro, tan frío y filoso como la hoja de una daga, de
un verduguillo, de un puñal.
Yo no sabía que iba a llenarme hasta el cogote con este aborrecimiento, del mismo que me empachó el alma,
cuando tu padre, Donaciano Mancera, mató al mío por la espalda. Los Mancera siempre han creído ser dueños de
tierras y vidas,
siempre han creido tener derecho a todo, a ser los primeros. Nomás le piden a Dios que los ponga donde hay,
nomás eso. Lo mismo hacen con las mujeres, sobre todo con las virgencitas; como la mía, la que dejaste tirada al
fondo del barranco de Las Ánimas.
Allí quedó desquebrajada, cubierta de sangre, como un cántaro roto en pedazos, como si fuera nada, con los ojos
vacíos y el cuerpecito helado. ¡Pobrecita, mi niña, cuánto sufriría! Debe haber pasado frío y ¡cuánto extrañaría a su
mamita! Tal vez nos hablaba o pediría auxilio, y nadie pudo escucharla. ¡Pobre de mi niñita, tan buena, tan linda!
Pero vas a pagarlo Lamberto Mancera, hijo de Donaciano. El odio que te tengo no será suficiente para cobrar
venganza. Voy a arrancarte la vida a cachitos. Te haré sufrir hasta que canten los gallos en la madrugada. Después,
antes del alba, te enterraré agonizante, y cubriré tus despojos con las primeras piedras del cimiento del templo de
Nuestra Virgencita de los Remedios, para que ella pueda al fin descansar en paz.
MARTA ARAGÓN R .
(Ensenada, Baja California, 1948). Profesora. Escritora,
grabadora e ilustradora. Ha publicado cuentos en
revistas y suplementos, impresos y electrónicos. Ilustró
el “Diccionario práctico de la Lengua Kiliwa” (2005 y
2007) de Arnulfo Estrada y Leonor Farlow; así como el
libro de poesía infantil “Mar Océano” del escritor Adán
Echeverría, en 2018..