Arte y literatura joven
El negro limpió el hilillo de sangre que se deslizaba en su bigote. De un puñetazo el capataz le había partido la nariz. Enterró la atención en el fango que se tragaba las botas del hombre blanco, para no usar el machete, sujeto a su cintura, en otra obra distinta al corte de caña.
—Le repito, mi señor, estoy solo aquí.
—No digas mentiras, estúpido. ¿Me vas a decir que pasaste la mañana cortando cuatro míseras cañas? Te vi desde lejos con una mujer. ¿Quién era y dónde está? Si eres uno de los pocos esclavos que quedan en este ingenio y te dejo trabajar en solitario, a tu ritmo y sin echarte el ojo todo el tiempo, ¿por qué no lo haces?
El negro no respondió. Apretó los gruesos labios intentando que no se le escapara una sonrisa. El capataz inclinó hacia arriba el ala de su sombrero. Quería mostrar el entrecejo empapado en sudor y marcado por el odio.
—Sigo vigilándote —añadió y se fue.
El esclavo no perdió de vista al hombre blanco hasta que éste desapareció detrás de los distantes barracones.
Otra vez a solas. Arrojó el machete en el hierbazal más cercano. Entró a la frescura del cañaveral, acarició la tierra con la planta de los pies, mientras los tallos de la caña se juntaban, con crujidos, con torceduras, exprimiéndose y chorreando su jugo dulce, para formar el cuerpo abundante y empalagoso de una mujer.
Cañaveral
Jonathan Sánchez Marrero
Cuba
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