XXX - revista de literatura explícita Noviembre de 2014 - Año 1 - Número 1 | Page 12
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Guita
Lilián Arena
Tamborileó los dedos sobre la mesa. Ya eran las siete y el Negro no llegaba.
Se frotó la frente con las manos, miraba los portarretratos en su despacho, toda su familia en la
última Navidad con él disfrazado de Papá Noel y la carita feliz de los chicos. Acomodó las
tarjetas sobre el escritorio, Negro jodido… Es sólo un contrato, de los tantos que se firman,
dónde te metiste Negro, vení y decime que salió todo bien… Se levantó y recorrió con paso
rápido la oficina, las luces de los otros edificios se reflejaban en los ventanales de vidrio. Corrió
la silla y se sentó de nuevo, casi en la punta.
Así estaba cuando su secretaria lo llamó por el intercomunicador. El Negro estaba ahí.
Entró a la oficina con un envión que casi lo hace caer, llevaba un maletín negro y lo tiró sobre la
mesa del pequeño living.
—Hasta mañana Luz, ya es tarde. Podés irte a tu casa— le dijo Juan a la secretaria mientras
corría las cortinas. Juan y el Negro se miraron.
—Acá está la guita —dijo el Negro.
Juan abrió el maletín. Vio una fila de billetes verdes apretujados en fajos. Sus ojos ardían.
—Grande, viejo, ¡lo logramos!
Se dieron un abrazo rápido y empezaron a contar.
El Negro era lento.
—Yo soy bastante rapidito, ¿viste? De mis épocas de cajero en el Supervielle, ¡jaja!
Los dedos de Juan volaban, ágiles. Hacía calor, se aflojó la corbata. El Negro iba lento.
—Tené cuidado, Negro, cómo te manejas con esto…Tiene que ir entrando en el circuito de a
poco, nadie quiere ningún escándalo… ¿Me entendés?
—¿Le dijiste a Laura?
Juan siguió mirando para abajo, pero sus dedos trastabillaron.
—¿Qué querés que le diga? Ella no lo va a entender… Tal vez más adelante….
—Bueno, como quieras.
El Negro empezó a contar más lento, como sin ganas.
—Ya tengo setenta grandes, apurate viejo, no veo la hora de irme…
Juan se paró y recorrió a grandes zancos la habitación.
—Y esto recién empieza, Negro,… ¡qué futuro nos espera!
El Negro seguía sentado, mirándolo, parecía pensar en algo. Ya no contaba el dinero.
—¿Ya te vas…?
Apoyó las manos sobre la mesa, corriendo el dinero con el brazo.
—No está bien, che, tenés que decirle a Laura, no está bien que la dejemos afuera.
—¡No me jodas, Negro! ¿Querés hablar de esto ahora…? Yo me rajo, vos hacé lo que quieras.
Juan sacó un bolso de tenis del rincón y con un movimiento decidido metió sus fajos de dinero
en el fondo.
—Acá no ha pasado nada gil, así es la vida, ¿qué me mirás con esa cara de boludo? ¿Querés
tener un Audi? ¿Y un velero amarrado en Puerto Madero? Es todo eso boludo, es todo eso que
querés. Le aviso al sereno que vos te quedás un rato más en la oficina, andate más tarde, mejor
no salir juntos.
Cuando Juan se fue, el Negro se quedó quieto un rato más. Luego se levantó despacio,
acomodó con cuidado el dinero que quedaba dentro del maletín. Miró la fotos de Navidad de
Juan. Pensó en el contrato, las firmas y los apretones de manos, el maletín en un rincón, la prisa
de Juan. Pensó en el velero, el Audi negro que no tenía. Pensó en Laura. Tal vez sintió la
cadena de traiciones que seguiría a ésta. Bueno, es sólo guita, masculló.
Apretó los labios y salió, dejando tras de sí una sombra gris sobre la alfombra.