Vida de San Juan Bautista De La Salle VIDALASALLE | Page 18
INTENTO DE RETIRADA
Como ves, la mía fue una vida muy completa. No te oculto que al cumplir los 60
me sentía físicamente exhausto y, lo que es peor, psicológica y espiritualmente
agotado. Sin querer lamentarlo, por supuesto, mi vida se había convertido en
algo así como un "pan compartido" a disposición de los Hermanos y de sus
alumnos. Poco a poco empecé a sentirme vacío. Comenzaba a vivir en mi
propia carne lo que San Juan de la Cruz llamó "la noche oscura del alma". Tus
médicos dirían que padecía de una depresión nerviosa o de estrés, pero no era
del todo eso. Me invadía el sentimiento de que había hecho mi trabajo y que
ahora debía retirarme de las Escuelas, por mi propio bien y por el del Instituto
que había fundado. Después de una vida de actividad voraz y de ver muchos de
mis objetivos logrados, pensé que estaba de sobra. Además, me creía el único
culpable de muchos de los problemas que antes te conté. Estaba quemado,
agotado.
En 1712, cuando fui a visitar a los Hermanos al sur de Francia, me quedé allí
más de dos años. Pasé largas temporadas en algunos monasterios intentando
poner orden en mi interior y pidiéndole a Dios que me guiara. Recuerdo con
especial cariño los días de paz que disfruté en una ermita sobre la colina de
Parmenia. Allí vivía una santa mujer a quien las gentes del lugar visitaban para
pedir consejo y oraciones.
Esta pequeña etapa de tranquilidad terminó bruscamente, cuando los
Hermanos de París me enviaron una carta ordenándome que regresara. Decía
así: "Señor y padre nuestro: ... reconocemos que es de capital importancia que
usted vuelva a tomar las riendas y el cuidado de esta obra de Dios, que lo es
también suya, puesto que ha sido del agrado del Señor el servirse de usted para
fundarla y guiarla desde hace tanto tiempo...". Si la carta hubiese sido sólo una
sugerencia, creo que no habría vuelto, pero aquello era nada menos que ¡una
orden! Al fin y al cabo, podían actuar así; yo les había dado mi palabra de
obediencia y aquella palabra fue de unión a ellos de por vida. Estábamos en
1714, tenía ya 63 años. De nuevo me puse en camino y volví con los Hermanos
con la actitud de Samuel ante Dios en la Biblia: `Aquí me tienen. ¿Qué quieren
de mí?".
Cuando todo se hubo tranquilizado un poco, pensé que había llegado el
momento de transferir el gobierno del Instituto a los Hermanos. Ya lo había
intentado antes pero entones no fue factible. De hecho, en una ocasión se
armó una verdadera gresca cuando un arzobispo intentó poner en mi lugar a
otro sacerdote. Ahora era diferente. El Instituto estaba firmemente establecido
y había llegado la hora de que otro tomara el timón de nuestra nave con mayor
energía y decisión.