VIAJES DE GULLIBER Swift, Jonathan - Los viajes de Gulliver | Seite 158
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entendían muy bien. Me hablaban con toda humanidad, y me dijeron que estaban seguros
de que su capitán me conduciría gratis a Lisboa, desde donde podría regresar a mi país; dos
marinos volverían al barco, informarían al capitán de lo que habían visto y recibirían
órdenes. En tanto, a menos que les hiciese solemne juramento de no escaparme, tendrían
que sujetarme por la fuerza. Juzgué que lo mejor sería allanarme a su proposición.
Mostraron gran curiosidad por saber mi historia, pero yo les di satisfacción muy escasa; por
donde vinieron a pensar que las desventuras me habían vuelto el juicio. Al cabo de dos
horas, el bote, que marchó cargado de vasijas de agua, volvió con orden del capitán de
llevarme a bordo. Caí de rodillas implorando mi libertad; pero todo en vano; los hombres,
después de amarrarme con cuerdas, me llevaron al bote, de éste al barco y luego al cuarto
del capitán.
Llamábase éste Pedro de Méndez. Era hombre muy amable y generoso. Me rogó le
dijese quién era y qué quería comer o beber; añadió que se me trataría como a él mismo, y
tantas cortesías más, que me sorprendió recibir tales atenciones de un yahoo. No obstante,
yo permanecía silencioso y taciturno; solamente el olor que exhalaban él y sus hombres me
tenía a punto de desvanecerme. Por último, pedí que me llevasen de mi canoa algo que
comer; pero el capitán hizo que me sirviesen un pollo y vino excelente, y mandó luego que
me llevaran a acostar a un muy aseado camarote. No me desnudé, sino que me eché sobre
las ropas de la cama, y a la media hora, cuando calculé que la tripulación estaba comiendo,
me escabullí, corrí al costado del navío e iba a arrojarme al agua, más dispuesto a luchar
con las olas que a seguir entre yahoos. Pero un marino me lo impidió, e informado el
capitán, me encadenaron en el camarote.
Después de comer fue a verme don Pedro, y me pidió que le dijese la razón de tan
desesperado intento. Me aseguró que su único propósito era prestarme servicio en todo
aquello que pudiera, y habló, en suma, tan afectuosamente, que al fin descendí a tratarle
como a un animal dotado de una pequeña dosis de razón. Le hice una corta relación de mi
viaje, de la conjura de mi gente contra mí, del país en que me desembarcaron y de mi
estancia allí durante tres años. Él consideró todo aquello un sueño o una alucinación, de lo
que yo recibí gran ofensa, pues había olvidado completamente la facultad de mentir, tan
peculiar en los yahoos en todos los países en que dominan, y la consiguiente predisposición
a poner en duda las verdades de los de su misma especie. Le pregunté si en su país había la
costumbre de decir la cosa que no era; le aseguré que casi había olvidado lo que él
designaba con la palabra «falsedad», y que así hubiera vivido mil años en
Houyhnhnmlandia no hubiese oído una mentira al criado más ruin; y añadí que me era por
completo indiferente que me creyese o no, aunque, por corresponder a sus favores, estaba
dispuesto a conceder a su naturaleza corrompida la indulgencia de contestar cualquier
objeción que quisiera hacerme, y así, él mismo podría fácilmente descubrir la verdad.
El capitán, hombre de gran discreción, luego de intentar varias veces cogerme en
renuncios sobre alguna parte de mi historia, empezó a concebir mejor opinión de mi
veracidad. Pero me pidió, ya que profesaba a la verdad tan inviolable acatamiento, que le
diese palabra de honor de acompañarle en el viaje sin atentar contra mi vida, pues de otro
modo tendría que considerarme prisionero hasta que llegásemos a Lisboa. Le hice la
promesa que me pedía, pero al mismo tiempo protesté que, antes de volver a vivir entre los
yahoos, prefería sufrir las mayores penalidades.
La travesía transcurrió sin ningún incidente digno de referencia. A veces, por gratitud
hacia el capitán y a insistente requerimiento suyo, me sentaba con él y me esforzaba en
ocultar mi antipatía hacia la especie humana, que, sin embargo, estallaba a menudo a pesar
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