“¡Isabella ya llegó Ana, apúrate!” Me vestí y desayuné rápido. Desde que empecé a tomar, no tengo ganas de hacer nada. Me subí al coche con Ana, ella siempre está sonriendo, me da esperanza. Hoy es mi primer día en este extraño lugar. Yo nunca le pedí ayuda a nadie, pero esta ocasión mi tía Ana me forzó. Anhelo con ansias cumplir dieciocho, para que ya nadie me pueda decir qué hacer. La única persona que verdaderamente se preocupa por mí, es mi tía. Toda mi familia es un desastre.
Ese grupo es una porquería, todos son unos ancianos y no pueden comprenderme. Sólo existe una persona en este círculo que comparte lo mismo que yo, su nombre es Laura. Su situación está igual o peor que la mía, la única diferencia es que cuenta con una familia que la quiere y la apoya. Percibo que algunas de las historias de estas personas no son tan diferentes a la mía. Es extraño.
Durante dos semanas acudí a mi grupo con poco ánimo. Desde el inicio me acerqué a Laura y platicabamos mucho. Pronto noté que había un nuevo chico. Nunca lo había visto. Se llama Santiago, eso dijo Laura. Él había recaído hace un año y decidió que iba a dar pláticas para ayudar a personas como nosotros. Era alto, cabello castaño y ojos verdes. Estaba ahí para apoyarnos, además Puede verse que es buena persona. Cuando terminó la sesión, le llamé a mi mejor amigo Roberto, pues se supone que él me iba a llevar de regreso a casa. Marqué seis veces, pero no contestaba, así que decidí esperarlo un poco más, ya era tarde.