Tenía que volver a escuchar tu voz, poder decirte por última vez
cuanto te quería. Por eso te busqué entre videntes y espiritistas. Hasta
dar con este ser que ahora bracea y salta, provocando una vorágine en
sus plumas y los amuletos que cuelgan de su toga.
Él sintió mi ira y la infamia que sufriste. Me dijo que no solo podría
contactar contigo si no que era capaz de traerte de vuelta.
Pero necesitaba tu cuerpo.
El golpeteo del tantán es cada vez más rápido, hasta llegar a un
rebato enloquecido. El chamán clama al cielo con los brazos levantados y
la niebla penetra en el cadáver que, en ese instante, comienza a
convulsionar.
Es ahora que lo veo cuando siento desgarrarse mis tripas, como si
una plaga de carcoma se abriera paso a través de mis intestinos. ¡Mi
niña! ¡No será suficiente la eternidad para que puedas perdonarme!
Cuando vi tu cuerpo violado, torturado, vejado, decidí entregárselo al
fuego. Quise borrar así la villanía que sufriste y ofrecerte el mar como
sepultura. ¡Cómo podía imaginar que yo, tu propia madre, te confinaba
sin remedio a la muerte!
El tantán cesa y el chamán se desmaya. Sus acólitos lo recogen y
marchan en silencio. El rito ha terminado. El muerto vuelve a respirar.
Recojo mi mochila y me acercó al altar. Saco unas cuerdas y amarro
bien fuerte sus brazos y piernas. Me quedo a su lado, esperando que
despierte.
Mi vida, no podía recuperar tu cuerpo. Pero el de él, sí.
No sé cómo empezaré. Lo sabré cuando abra sus ojos de asesino.
Sé del precio que pagaré por habérselo arrebatado a la muerte. Pero es
lo único que ya me queda por hacer. Y es lo justo. Porque, aunque no
dudo de los tormentos del Infierno, su castigo, la lenta tortura que
sufrirá, me pertenece.
David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)
http://elreinorobado.blogspot.com.es/
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