En los años 40, en Chinácota, Norte de Santander, en una pequeña capilla, había una imagen de Cristo crucificado. Era una imagen muy bonita, resplandecía en la capilla y parecía real. Pero algo curioso llamaba la atención de todos los que acudían a visitar el lugar, era que en ninguna parte se le veían las uniones de los brazos y piernas con el cuerpo. Los viernes santos se acostumbraba a sacar las imágenes a procesión y como ese tiempo fue tan violento, de guerras y maldad, se dice que el Cristo se puso de un color muy oscuro, no resplandecía y se ponía muy pesado, tan pesado que los penitentes no fueron capaces de sacarlo para la procesión.
En los siguientes años, cuando cesaron las guerras, y la gente del pueblo empezó a ser más amable, solidaria y buena, el Cristo crucificado nuevamente volvió a ser resplandeciente y muy bonito. Para la celebración de Semana Santa, pudieron sacarlo a la procesión ya que el peso desapareció y era tan liviano que los penitentes no sentían peso alguno sobre sus hombros.
Cuentan los habitantes de Chinácota que dependiendo del comportamiento
de los habitantes del pueblo, la imagen se oscurece o resplandece.
Jerónimo Galvis
Maria Lucía Rueda
VOLANDO CON LA IMAGINACION