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Un Capitán de Quince Años
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en aquel barco, hasta que, con sus malas artes logró dirigirlo hacia Angola, donde
encalló en la playa.
-Y la suerte me condujo a esa playa -terminó Harris- para recibirte.
-Ha sido la única casualidad en todos mis proyectos -continuó Negoro-. Y lo más
interesante es que la señora Weldon y sus acompañantes se encuentran a
doscientas millas en el interior de África, que es adonde yo quería traerlos.
- ¿Y qué proyectas? -interrogó Harris.
-Antes de que te lo cuente, deberías darme noticias de nuestro amo, el tratante
Alvez, al que no he visto desde hace dos años.
-Estará encantado de volver a verte -respondió Harris-. El muy tunante está a las
mil maravillas, a pesar de que la trata de negros se hace cada vez más difícil en
este litoral.
Aquellos dos picaros hablaban sin reparo de aquellas cosas, como si fuesen unos
honrados negociantes discutiendo una crisis comercial momentánea. ¿Qué
diferencia podía haber para ellos tratar de sacos de café o de azúcar, o hablar de
seres humanos como mercancía? Los tratantes de negros no tienen sentimiento
alguno de lo justo o lo injusto.
- ¿Y qué piensas hacer con esa gente? -se interesó el americano.
-Los negros pueden ser vendidos como esclavos -explicó el portugués-. Los cuatro
jóvenes están bien constituidos y acostumbrados al trabajo. Pueden cotizarse
bien.
Los dos desalmados rieron de buena gana.
-Lo que nos interesa ahora es ver el modo de apoderarnos de esa mercancía.
Supongo que no a sernos muy difícil.
-No lo será -contestó Harris-. Junto al Coanza, a diez millas de aquí, hay
acampada una caravana de esclavos que sólo espera mi regreso para emprender
el camino hacia Kazonnde. La manda el árabe Ibn Hamis y tiene a sus órdenes
más soldados indígenas de los que hacen falta para apresar a Dick Sand y sus
compañeros. Basta con que el grumete tenga la idea de dirigirse hacia el Coanza,
ruta que, como es lógico, es la que va a emprender. El muchacho no es tonto y
sabe el peligro que le espera y por ello no puede pensar en regresar a la costa por
el mismo camino que hemos seguido, sin exponerse a perderse en medio de la in-
trincada selva. Lo conozco y no puede adoptar otra resolución. Estoy seguro de
que tomará esta decisión inmediatamente.
-Estamos de acuerdo, camarada -aprobó Negoro-. Debemos ponernos en marcha
en seguida a fin de adelantarles.
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