Rafistole eligió aquella revuelta del
callejón, para cavar, precisamente allí,
el agujero que iba a traerle tanta fortuna.
Más tarde, cuando le preguntaban la
razón profunda, se limitaba a contestar:
—¡Así son las cosas…!
Por ahora, se dirigió al callejón con
sus herramientas, y se detuvo allí donde
el callejón empieza a dar la vuelta
detrás de la iglesia, ensanchándose.
Rafistole se remangó y se echó
saliva en las manos. Antes de coger el
pico pensó que sería mejor quitarse la
chaqueta de paño, y la arrojó a la
hierba. Volvió a su pico, escupió otra
vez en las manos —pues mientras se le