Incluso la misma gendarmería no tenía
derecho más que a una pequeña franja
de tierra de unos cien metros de
profundidad, dentro del bosque, para
realizar su vigilancia. De lo que hubiese
más allá, no se sabía absolutamente
nada.
Hacía muy buen tiempo, incluso
calor, en este segundo día de primavera.
Daba gusto ver de nuevo los primeros
pájaros migratorios. En los prados se
podían oír los cencerros de los rebaños
de vacas que salían a pastar durante
todo el día. Dentro de unas semanas, los
corderos se concentrarían en la región
para invadir las colinas, desde la