la orilla misma del Criarde, el riachuelo
que bañaba Courquetaines. Frente al
lavadero había una plaza cubierta de
hierba y salpicada de gruesos tilos, que
servían para jugar al escondite en las
tardes de verano.
Anochecía. Los muchachos siguieron
discutiendo aún durante una hora bajo la
luz de un farol que iluminaba la esquina
de la calle. Acordaron una táctica más
eficaz para burlar la vigilancia de los
gendarmes y penetrar más, cosa que
jamás habían logrado, en la zona
prohibida, tan oculta a todas las
miradas. Luego se separaron, después de
haber
decidido
continuar
la