UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 31

la orilla misma del Criarde, el riachuelo que bañaba Courquetaines. Frente al lavadero había una plaza cubierta de hierba y salpicada de gruesos tilos, que servían para jugar al escondite en las tardes de verano. Anochecía. Los muchachos siguieron discutiendo aún durante una hora bajo la luz de un farol que iluminaba la esquina de la calle. Acordaron una táctica más eficaz para burlar la vigilancia de los gendarmes y penetrar más, cosa que jamás habían logrado, en la zona prohibida, tan oculta a todas las miradas. Luego se separaron, después de haber decidido continuar la