Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 56

verja hecha con trozos de metal irregulares. Cuando la luz de las esferas, que apenas llegaba a la orilla opuesta del río, iluminó las blancas gotas de espuma en la por lo demás negra y serena superficie de la rápida agua, la mente les engañaba, y tenían la sensación de ser ellos y no el agua los que se movían. De vez en cuando, al golpear el agua los montantes que había por debajo de la plataforma, las gotas los empapaban. Mientras hablaba, Cal se echaba sobre la verja hacia delante todo lo que podía. —No veo la orilla, ni… —empezó a decir. —Cuidado —le advirtió Will—. No te vayas a caer. —… ni la manera de cruzar —terminó. —¡No! —repuso Chester de inmediato—. Desde luego, yo no pienso ni acercarme. La corriente parece muy fuerte. Ninguno de los otros dos le llevó la contraria, y los tres se quedaron allí, recibiendo con agrado las gotitas de agua en la cara y el cuello. Will cerró los ojos y escuchó el sonido del agua. Pese a su aparente calma, por dentro luchaba con sus emociones. Por un lado, pensaba que debía insistir en cruzar el río, sólo por seguir adelante, aun cuando no tenían ni idea de lo profundo que era ni de qué era lo que había al otro lado. Pero ¿para qué? No sabían adonde iban, ni tenían ningún lugar al que llegar. En aquel momento él se encontraba muy hondo debajo de la corteza de la Tierra, posiblemente mucho más hondo de lo que había llegado nadie procedente de la superficie del planeta. ¿Y por qué estaba allí? Por su padre, que, por lo que él sabía, posiblemente estuviera muerto. Por duro que resultara, tenía que considerar la posibilidad de estar haciendo perder el tiempo a todos buscando un fantasma. Will sintió una ligera brisa que le alborotaba el pelo, y abrió los ojos. Miró a su amigo Chester y a su hermano Cal y vio que los ojos les resplandecían en medio de las mugrientas caras. Parecían embelesados con la visión del río subterráneo que corría ante ellos. No había visto nunca a ninguno de los dos más animado que en aquel instante. Pese a todos los apuros que habían pasado, en aquel momento daba la impresión de que eran felices. Las dudas se borraron de su mente, y recobró la confianza en sí mismo. Pensó que al final todo habría servido para algo. —No vamos a cruzarlo —anunció—. Será mejor volver a la vía. —De acuerdo —respondieron de inmediato Chester y Cal. —Bien. Está decidido, pues —dijo asintiendo con la cabeza en un gesto dirigido a