Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 444
—¡Usa el rifle! —le gritaba Will una y otra vez con voz amortiguada porque tenía
la boca apretada contra el brazo del limitador.
—¡El rifle, Chester! —le gritó Cal con voz ronca—. ¡Dispárale!
Las abandonadas lámparas de los muchachos enviaban luces que se reflejaban de
una columna a otra en un confusión de focos de luz. Chester, a varios metros de
distancia, había levantado el rifle y trataba de apuntar.
—¡Dispara! —gritaron al unísono Cal y Will.
—¡No veo! —chilló Chester.
—¡Venga! —¡Dispara!
—¡No veo como para disparar bien! —gritó Chester, totalmente desesperado.
El hombre se retorcía como loco bajo Will y Cal, y aquél estaba a punto de volver
a gritar cuando le golpeó algo grande. El Limitador había dejado de lanzarle
puñetazos, pero Will oía el sonido de golpes rápidos.
Tenía que mirar.
Giró la cabeza, levantándola lo suficiente para ver que Chester se había metido
también en la pelea. Estaba claro que había renunciado a disparar y había decidido
sumarse al cuerpo a cuerpo. Estaba de rodillas, una de las cuales había colocado sobre
el abdomen del Limitador, y le descargaba puñetazos en la cara con ambos puños. Al
tiempo que descargaba aquellos puñetazos, Chester trataba de inmovilizar el otro
brazo del soldado para dejarlo completamente indefenso. Al hacer otro intento de
cogerle el brazo, el soldado aprovechó la oportunidad. Tensó repentinamente el cuello
y, con un movimiento furioso de la cabeza, golpeó a Chester en la cara.
—¡Cerdo! —gritó Chester. Volvió a lanzar sus puñetazos de inmediato, pero esta
vez teniendo buen cuidado de guardar la distancia, y esquivando el brazo libre del
Limitador cada vez que le lanzaba un golpe.
—¡Muere! ¡Muere, bastardo! ¡Muere! —gritaba Chester al intensificar los
puñetazos que descargaba contra el rostro del Limitador.
Si Chester hubiera visto su reflejo en la columna que tenía al lado, no se habría
reconocido a sí mismo. Su rostro estaba completamente distorsionado, convulsionado
hasta el punto de que parecía una máscara enloquecida y resuelta. Ni en mil años se
hubiera imaginado capaz de semejante acto de brutalidad y violencia. Todo el
resentimiento y la rabia provocados por el modo en que lo habían tratado en la
Colonia se manifestaba allí, en un torrente imparable de golpes. Descargaba un golpe
tras otro sobre el soldado, y sólo se detenía para esquivar el puño del Limitador