Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 407
fragmentos seguían cayendo en el agua, cerca del bote, muchos de ellos ardiendo
hasta que llegaban al agua y se apagaban con un chisporroteo.
—¿Tú pusiste todo eso? —le preguntó Chester a Elliott.
—Lo hicimos Drake y yo. Él lo llamaba el «regalo sorpresa», aunque nunca he
sabido lo que quería decir —admitió Elliott. Le dio la espalda al espectáculo, y su cara
quedó oculta en la impenetrable oscuridad, mientras la aureola de llamas dibujaba su
silueta. Inclinó lentamente la cabeza, como si estuviera rezando—. Era tan bueno…
tan bueno… —dijo en una voz que era poco más que un susurro.
Mientras Will, Chester y Cal contemplaban extasiados el infierno en que se había
convertido la isla, ninguno de ellos pronunció una palabra, y todos compartían el
recuerdo y la sensación de pérdida de Drake. Era como si la isla ardiente fuera su pira
funeraria, el acto con el que le despedían. No sólo había allí un imponente espectáculo
de color en el más extraño de los lugares para honrar la muerte de un hombre, sino
que algunos de sus enemigos habían recibido su merecido. Tras un momento de
reflexivo silencio, Elliott habló:
—Entonces, ¿cómo os gustan los Limitadores? ¿Muy hechos? Empezó a reírse,
exultante.
—No, el mío sólo vuelta y vuelta —respondió Chester, rápido como un
relámpago. Los muchachos se rieron con ella, al principio dubitativos, pero después
con carcajadas tan estruendosas que hacían oscilar el bote.
La primera explosión despertó a Sarah de su letargo, y cuando estalló la segunda,
ya estaba de pie y corría hacia la orilla, seguida a muy poca distancia por Bartleby.
Lanzó un silbido al ver la extraordinaria magnitud de la explosión, y enseguida
levantó el rifle y se pasó la correa por el brazo para sostenerlo mejor. A través de la
mira, observó con detenimiento el fuego, que formaba una pequeña extensión sobre
las olas. Después desplazó el rifle muy despacio, separándolo de la isla y peinando el
horizonte del mar de un lado a otro. La luz que irradiaba el fuego facilitaba la visión a
través de la mira, pero aun así pasaron varios minutos hasta que logró distinguir algo.
Ajustó las lentes para enfocar mejor.
«¿Un bote?», se preguntó mirando y volviendo a mirar, convencida de que veía
una pequeña embarcación a una gran distancia. No era posible distinguir quién iba en
ella, pero por instinto sabía que no eran los styx. No; algo en su interior le decía que
aquello que iba buscando se encontraba en aquel bote que cabeceaba en las olas.