Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 400
Si ése era el caso, su viaje tendría un final claro y no habría manera de que
pudiera llegar a niveles más profundos en el manto terrestre, donde podían yacer
inimaginables tesoros arqueológicos, o donde pasadas e inauditas civilizaciones
podrían haber habitado. O seguir habitando todavía.
Sabía que no tenía motivos para el desánimo. Pese a todos los peligros a los que
se había enfrentado, había hecho ya algunos de los descubrimientos más importantes
del siglo, y tal vez de todos los tiempos. Si regresaba a la superficie algún día, sería
recibido como uno de los más grandes de la comunidad arqueológica.
Aquel día ya lejano en que había abandonado Highfield corriendo los estantes del
sótano de su casa para meterse por el túnel que él mismo había excavado, como si
fuera el personaje de alguna rocambolesca novela infantil, no imaginaba ni por asomo
dónde se metía. Pero había llegado hasta allí, y durante el recorrido había superado
todos los obstáculos que se le habían puesto por delante, sorprendiéndose a sí mismo
en el proceso.
Y ahora, al pensar en ello, se daba cuenta de que había desarrollado un gusto por
la aventura, por el riesgo. Bajando por el camino, echó atrás los hombros y se
consintió una fanfarronería:
—¡Vamos, Howard Cárter! —declaró en voz alta—. ¡La tumba de Tutankamón no
es nada comparada con mis descubrimientos!
El doctor Burrows casi podía oír los elogios y los atronadores aplausos, e imaginar
las numerosas apariciones en la televisión y el…
Los hombros se le volvieron a hundir, y el acceso de fanfarronería acabó.
En cierto modo, no era suficiente.
Claro, tenía por delante una empresa colosal. La sola tarea de documentar todo lo
que aparecía en el mapa bastaba para mantenerlo ocupado durante varias vidas y
necesitar la ayuda de un gran equipo de investigadores. Pero seguía sintiendo cierta
sensación de decepción.
¡Quería más!
De pronto, sus pensamientos cambiaron de rumbo. El agujero que aparecía en el
mapa, todo el enigma referido a qué era realmente, no lo abandonaba. ¿Qué podía
ser? Tenía que tratarse de algo importante, o en caso contrario los coprolitas no le
habrían prestado tanta atención, ni tampoco irían a parar allí todos los caminos.
¡No! ¡Tenía que ser mucho más que un simple rasgo geológico! Eso al menos era,
evidentemente, lo que habían pensado las gentes del antiguo templo.