Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 393
manos agarraban la suave arena que tenía bajo él. Había tenido mucha suerte: la arena
le había amortiguado la caída.
Oyó tras él un golpe sordo y fuerte. Algo le roció la cara, algo que iba
acompañado de un fuerte ruido de aspersión.
—¿Qué…? —El doctor Burrows se incorporó y se giró para ver qué había allí,
esperando que las hordas arácnidas se cernieran sobre él. Pero había perdido las gafas
en la caída, y sin ellas era incapaz de discernir nada en absoluto en medio de aquella
penumbra. Palpó en la arena a su alrededor hasta que las encontró. Rápidamente se las
colocó.
En aquel mismo instante, oyó a su lado el ruido de algo que se movía, y volvió la
cabeza hacia allí. Era la pata cortada de uno de los ácaros del polvo, tan grande como
el menudillo de un caballo, seccionada a la altura de lo que debía de ser el equivalente
del hombro. Vio cómo se abría y se volvía a cerrar repentinamente, con tal fuerza que
se daba la vuelta sobre la arena. Se movía como si tuviera mente propia, y por lo que
sabía el doctor Burrows, era probable que la tuviera.
Se alejó de la pata y se puso en pie, balanceándose algo aturdido, resollando y
tosiendo todavía mientras recuperaba lentamente la respiración normal. Miró a su
alrededor con aprensión, temiendo que de un momento a otro apareciera el ejército de
arácnidos avanzando contra él.
Pero allí ya no había ni asomo de ellos, como tampoco de la parte interior del
templo. Tan sólo un silencio ininterrumpido, la oscuridad y los lisos muros de piedra.
Estaba aturullado por la caída y se esforzaba por comprender lo sucedido. Era
como si hubiera sido transportado a un lugar completamente diferente.
—¿Dónde demonios me encuentro? —murmuró inclinándose hacia delante, con
las manos descansando en las piernas. Después de un momento empezó a sentirse
mejor y se irguió para inspeccionar el lugar en que se hallaba. Recordaba que el panel
parecía haberse volcado bajo su peso, y al cabo de unos segundos comprendió cómo
había ocurrido realmente. Al hacerlo, se dio cuenta de la increíble suerte que había
tenido y empezó a farfullar:
—¡Gracias, gracias! —Unió las manos en una breve oración, llorando de gratitud.
Otra rociada llenó el aire. Olía acre y desagradable. Saliera de donde saliera, tenía
que ser algo profundamente repulsivo. Sintió que se ahogaba. Intentó descubrir de
dónde provenía.
Unos dos metros por encima del suelo, sobresalían de la pared los restos brillantes