Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 274

Antes de que el tren reanudara la marcha, Rebecca dejó los periódicos a un lado y, tras dar otro sorbo a la taza, se agachó para sacar de debajo del banco un largo fardo envuelto en arpillera. Se lo tendió a Sarah, que lo cogió y, tras quitar la arpillera, descubrió uno de los rifles largos que utilizaban los Limitadores, un rifle completo, con mira telescópica incluida. Ya había utilizado un arma semejante en el Cuartel, cuando el militar styx de las cicatrices le había instruido en su manejo. Sarah le dirigió a Rebecca una mirada interrogante. Como no obtuvo ninguna respuesta ni reacción por su parte, se inclinó hacia ella y le preguntó: —¿Es para mí? ¿De verdad? La chica le sonrió levemente, asintiendo con un lento movimiento de cabeza. Sabiendo que no debía quitar las tapas de cuero que había a ambos lados de la mira porque la luz hubiera podido estropear el interior, Sarah se llevó el rifle al hombro. Apuntó con él al otro extremo del furgón al tiempo que le tomaba al peso. Era pesado, pero no más de lo que ella podía manejar. Podría haber ronroneado de satisfacción, como un gato. Se tomó aquel regalo como una prueba de la confianza que Rebecca depositaba en ella, y eso aunque ella seguía desconcertada por la imposibilidad de que la chica styx hubiera estado aquella misma mañana en Hampstead. Intentó convencerse de que Rebecca debía de haberse confundido de día, y seguramente estaba pensando en otra mañana distinta. Pero trató de olvidarlo para concentrarse en lo que tenía en las manos. Pasó los dedos por la superficie mate del cañón del rifle. Sólo encontraba una razón para que le dieran aquella arma. Ya tenía los medios, y estaba dispuesta a cualquier cosa para vengar la muerte de Tam. Se lo debía a él y a su madre. Mientras el tren ganaba velocidad, Sarah jugaba con el arma. Pasó así el resto del trayecto, unas veces colocándosela en posición de disparar, mientras accionaba el cerrojo y apretaba el gatillo sumamente sensible, disparando sin munición, y otras veces dejándola en el regazo hasta que se familiarizó del todo con ella, incluso bajo aquella luz del furgón de cola, que era tan tenue que apenas permitía verla bien.