Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 231

y resoplando, mientras él y Chester observaban a Elliott repetir el proceso. —Estallan —explicó Drake—. Son explosivos. —Pero ¿por qué se necesitan dos? —El primero está retardado, para que los Cuellos Blancos lo activen; cuando llegan al segundo, estalla el primero, y entonces quedan atrapados en un pequeño tramo del túnel. Bueno, por lo menos ésa es la idea. —Muy inteligente —dijo Will impresionado. —En realidad —siguió Drake, inclinándose hacia él—, solemos poner dos o más porque esos cerdos tienen un ojo increíble para descubrirlos. —¡Ah, vale! —murmuró el chico, algo decepcionado. A Will le pareció que habían cubierto unos cuantos kilómetros cuando oyeron sucederse rápidamente las descargas, como palmadas de gigante. A continuación, unos segundos después, notaron una ráfaga de aire caliente en el cuello empapado de sudor. Drake no perdió ni un segundo, y continuó a una marcha que ellos encontraban difícil de seguir. Cada vez que se demoraban, él les soltaba un gruñido amenazador. En aquellos momentos, Will sujetaba a Cal por un brazo, mientras el otro colgaba flácido y le pegaba en ocasiones en las espinillas. Fueron recorriendo un tubo tras otro, girando, subiendo y bajando, unas veces agachándose para entrar por estrechas cavidades y otras veces caminando por cavernas parcialmente sumergidas en el agua, en las cuales resonaba el eco de cada sonido. Por aquellas cavernas se veían forzados a levantar a Cal como podían casi hasta la altura de los hombros para que la cabeza no se le quedara bajo el agua. El muchacho parecía ir recobrando las fuerzas, pero a medida que las recobraba se hacía más difícil de transportar, porque se retorcía y se revolvía contra ellos. En ocasiones, resultaba tan arduo de manejar que se les caía al suelo. Una de las veces, tanto Will como Chester estaban demasiado agotados para seguir soportándolo, y se les resbaló hasta el suelo empapado. El golpe que se llevó fue morrocotudo. Mientras lo recogían, Cal iba profiriendo una serie de insultos y maldiciones guturales del todo incomprensibles. —«¡Oiz udos ditos firks!» —«¡Oiz uns snecken thripps!» Aquellas irreconocibles maldiciones, combinadas con su inútil furia, resultaban tan cómicas que Will no pudo reprimir una risotada que contagió a Chester, que empezó a reírse a su vez, lo cual provocó que Cal siguiera con aquellos improperios,