Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 177

moralidad es propia de locos, y nos arruinan nuestras tierras prometidas con su consumo y avaricia desmedidos. »Su época se acerca al final, y los infieles recibirán su castigo —gruñó como un oso herido, pasando la vista de un extremo a otro de la fila antes de ponerse a andar otra vez. Los talones de sus botas resonaban en el plomo del tejado. »Hoy vamos a probar una cepa reducida de Dominion, nuestra plaga santa. Y mediante el fruto de nuestro trabajo, confirmaremos que podemos extenderla a toda la ciudad, a todo el país, y después al resto del mundo. —Levantó la mano, extendiendo hacia el cielo los dedos abiertos—. En cuanto nuestras palomas alcen el vuelo, el sol se encargará de que las corrientes de aire transmitan nuestro mensaje a las masas de los malvados, un mensaje que será escrito en pus y sangre sobre la faz de la Tierra. Al llegar ante el último hombre de la fila, se dio la vuelta para volver sobre sus pasos, y no volvió a hablar hasta encontrarse en el punto central: —Así pues, camaradas, la próxima vez que nos encontremos en este lugar, nuestra carga será letal. Ese día nuestros enemigos, los Seres de la Superficie, quedarán postrados, tal como está decretado en el Libro de las Catástrofes. Y nosotros, los genuinos herederos de la Tierra, recuperaremos lo que nos corresponde. Hizo una pausa por mor del efecto dramático y cambió el tono a otro más bajo, más íntimo: —Manos a la obra. Hubo mucho revuelo entre la tropa mientras se preparaban. Rebecca tomó la palabra: —Atentos a mi señal: tres… dos… uno… ¡ya! —ordenó, lanzando al aire su paloma. Inmediatamente, los styx abrieron las cestas que tenían a los pies y las palomas alzaron el vuelo como un enjambre blanco que revoloteaba entre los hombres uniformados y terminaba ascendiendo por encima del tejado. Rebecca se quedó contemplando todo el tiempo que pudo a su paloma; pero las demás, que eran cientos, le dieron alcance, y la suya pronto se perdió entre la bandada, que permaneció un segundo sobre la columna de Nelson antes de dispersarse en todas direcciones, como una nube de pálido humo esparcida por el viento. —¡Volad, volad, volad! —les gritaba Rebecca, riendo.