Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 144
posible. Una sonrisa de satisfacción y orgullo asomó a su rostro al inspeccionar aquellas páginas, admirando el trabajo realizado en cada una de ellas.— Perfecto, perfecto … Y entonces se detuvo al volver una página, y al leer el encabezamiento frunció los labios para gesticular un mudo «¡ Oooh!». LAS CUEVAS DE LAS LÁPIDAS Debajo había escrito algunas líneas: Al encontrar el círculo de piedras, pensé que estaba de suerte. No me podía imaginar que, haría otro descubrimiento, en mi opinión de igual o mayor importancia. Las cuevas estaban llenas de lápidas, infinidad de lápidas con una escritura semejante a la grabada en los menhires del círculo.
Y seguían decenas de páginas con dibujos de las lápidas, habilidosos bocetos de la escritura tallada en la superficie de las piedras, copiado todo con meticulosidad. Pero al volver las páginas vio que los dibujos se iban volviendo menos primorosos, hasta que al final parecían hechos por un niño pequeño.
« Tengo que seguir trabajando » era la frase escrita con tanta fuerza bajo uno de los últimos bocetos de estilo deficiente, que el trazado del lápiz estaba profundamente marcado en la página, a la que había desgarrado incluso en algunos puntos.
¡ Tengo que descifrar esta criatura! ¡ Es la clave para entender a los que vivieron aquí! ¡ Tengo que aprender, tengo que …!
Palpó con el dedo la impresión de las palabras en las páginas, intentando recordar cómo se hallaba en aquel entonces. Era confuso. Se le había acabado la comida y había seguido trabajando febrilmente, sin prestar atención a sus reservas de agua. Cuando también se acabó el agua, le pilló completamente por sorpresa.
Tratando todavía de recordar, observó la nota que había garabateado de manera menos furiosa, pero igualmente desesperada, en el interior del contorno de una lápida que nunca había terminado de dibujar.
Tengo que seguir trabajando. Las fuerzas me abandonan. Las piedras se vuelven cada vez más pesadas cuando las saco a rastras del montón para estudiarlas. Vivo con el temor a dejar caer alguna. Tengo que …
Allí terminaba. No tenía recuerdos, salvo que en una especie de delirio había salido tambaleándose en busca de un manantial y, al no encontrarlo, había conseguido, como fuera, volver a las cuevas de las lápidas.
Tras una página en blanco, figuraba la pregunta «¿ DIA?», y las palabras:
posible. Una sonrisa de satisfacción y orgullo asomó a su rostro al inspeccionar aquellas páginas, admirando el trabajo realizado en cada una de ellas.— Perfecto, perfecto … Y entonces se detuvo al volver una página, y al leer el encabezamiento frunció los labios para gesticular un mudo «¡ Oooh!». LAS CUEVAS DE LAS LÁPIDAS Debajo había escrito algunas líneas: Al encontrar el círculo de piedras, pensé que estaba de suerte. No me podía imaginar que, haría otro descubrimiento, en mi opinión de igual o mayor importancia. Las cuevas estaban llenas de lápidas, infinidad de lápidas con una escritura semejante a la grabada en los menhires del círculo.
Y seguían decenas de páginas con dibujos de las lápidas, habilidosos bocetos de la escritura tallada en la superficie de las piedras, copiado todo con meticulosidad. Pero al volver las páginas vio que los dibujos se iban volviendo menos primorosos, hasta que al final parecían hechos por un niño pequeño.
« Tengo que seguir trabajando » era la frase escrita con tanta fuerza bajo uno de los últimos bocetos de estilo deficiente, que el trazado del lápiz estaba profundamente marcado en la página, a la que había desgarrado incluso en algunos puntos.
¡ Tengo que descifrar esta criatura! ¡ Es la clave para entender a los que vivieron aquí! ¡ Tengo que aprender, tengo que …!
Palpó con el dedo la impresión de las palabras en las páginas, intentando recordar cómo se hallaba en aquel entonces. Era confuso. Se le había acabado la comida y había seguido trabajando febrilmente, sin prestar atención a sus reservas de agua. Cuando también se acabó el agua, le pilló completamente por sorpresa.
Tratando todavía de recordar, observó la nota que había garabateado de manera menos furiosa, pero igualmente desesperada, en el interior del contorno de una lápida que nunca había terminado de dibujar.
Tengo que seguir trabajando. Las fuerzas me abandonan. Las piedras se vuelven cada vez más pesadas cuando las saco a rastras del montón para estudiarlas. Vivo con el temor a dejar caer alguna. Tengo que …
Allí terminaba. No tenía recuerdos, salvo que en una especie de delirio había salido tambaleándose en busca de un manantial y, al no encontrarlo, había conseguido, como fuera, volver a las cuevas de las lápidas.
Tras una página en blanco, figuraba la pregunta «¿ DIA?», y las palabras: