Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 126
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Sarah entró en un ascensor al que se accedía a través de una entrada muy bien
disimulada en los sótanos vacíos de una vieja casa de beneficencia en el barrio de
Highfield, no lejos de High Street. Dejó caer el bolso a sus pies, intentando ocupar el
menor espacio posible. Colocándose en uno de los rincones, miró el interior con
tristeza. No le hacía ninguna gracia meterse en aquellas estrechuras de las que no había
posibilidad alguna de escapar. El suelo tenía unos cuatro metros cuadrados, en tanto
que las paredes y el techo del ascensor eran paneles de sólido enrejado de hierro, y su
interior había sido untado con una capa de grasa a la que se habían ido adhiriendo un
polvo y una suciedad que pinchaban.
Oyó el siseo de unas pocas palabras cruzadas entre los styx y los colonos que se
habían quedado atrás, fuera del ascensor, en la cámara de paredes de ladrillo, y luego
entró Rebecca, sola. La chica no le dirigió a Sarah ni una mirada al girar pulcramente
sobre los talones, mientras uno de los styx cerraba la puerta tras ella. Rebecca bajó y
mantuvo bajada la palanca de bronce que había al lado de la puerta y, con una
sacudida y con un chirrido procedente de lo alto, el ascensor empezó a descender.
Mientras lo hacía, la pesada caja de enrejado crujía y rechinaba contra las paredes
del pozo por donde se movía el ascensor, y a ese ruido continuo lo acompañaba de
vez en cuando un crispante chirrido de metal contra metal.
Lentamente iban bajando hacia la Colonia.
No importaba que con todas sus fuerzas intentara reprimirla: el caso era que a
Sarah la embargaba una sensación desconocida que se abría paso entre el miedo y la
ansiedad: la expectación. ¡Estaba regresando a la Colonia, a su lugar de nacimiento!
Era como si de pronto le hubiera sido concedido el don de retroceder en el tiempo. A
cada metro que descendía el ascensor, el reloj corría velozmente hacia atrás,
recuperando hora tras hora, año tras año. Nunca había imaginado, ni en sus sueños
más atrevidos, que pudiera volver a ver aquel sitio. Había descartado la posibilidad de
manera tan tajante e irrevocable que en aquel momento en que estaba ocurriendo
apenas era capaz de creérselo.