Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 123
—Podéis ver la reacción que provoca el agua. Es como una semilla que estuviera
aletargada… hasta que se humedece. —Se volvió hacia los otros dos—. Será mejor
que no toquemos nada. No quiero ni pensar qué es lo que puede ocurrir. Podría ser
que nos chupara toda la humedad…
—Muchas gracias, querido profesor. Ahora vámonos de aquí con viento fresco,
¿vale? —dijo Chester, molesto con su amigo.
—Vale, como queráis —dijo Will, y tiró la piedra a un lado.
El resto del recorrido careció de acontecimientos interesantes, y pasaron muchas
horas de monótono caminar hasta que dejaron el pasadizo y salieron a lo que al
principio Will tomó por otra caverna normal y corriente.
Entraron en ella, y no tardó en quedar patente que se trataba de algo muy distinto a
cualquiera de los espacios amplios que hubieran visto antes.
—¡Espera, Will! Me parece que veo luces —dijo Cal.
—¿Dónde? —preguntó Chester.
—Allí… y más por allí. ¿No las veis?
Tanto Will como Chester intentaron atisbar en aquella oscuridad aparentemente
absoluta.
Para verlas, no se podía mirar directamente. Eso resultaba inútil porque el
resplandor emborronaba la visión.
En silencio, volvieron la cabeza muy despacio de un lado a otro, captando los
diminutos puntos, que estaban en el horizonte, separados por intervalos irregulares.
Las luces parecían lo bastante lejanas y vagas como para reverberar suavemente y
cambiar de color, igual que ocurre con las estrellas en una cálida noche de verano.
—Esto tiene que ser la Llanura Grande —anunció de pronto Cal.
Will retrocedió un paso sin querer. No acababa de convencerse de la magnitud de
lo que tenía delante. Era sobrecogedor, porque la oscuridad parecía gastarles bromas a
sus sentidos y a su mente, de tal manera que era incapaz de decir si las luces se
hallaban a una distancia enorme o mucho más cerca.
Juntos, los chicos avanzaron un poco. Ni siquiera Cal, que se había pasado la vida
en las inmensas cavernas de la Colonia, había visto nunca nada de un tamaño
parecido al de aquello. Aunque el techo se mantenía a una altura relativamente
constante, que podía ser de unos quince metros, el resto, una oquedad interminable,
era imposible de alcanzar incluso poniendo las lámparas a máxima poten