Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 111

recuperar a Will? —No… —¿No será que lo has secuestrado? —la acusó—. No, yo… —Bueno, me parece que algo tienes que ver, sea lo que sea. Pues entérate, piojosa, de que espero que mantengas tus narices fuera de mis asuntos, ¡y de mi familia! — dijo con el ceño fruncido—. Mira qué pinta tienes. ¡Tú no te mereces ser la madre de nadie! Eso era más de lo que Sarah podía soportar. —¿Ah, no? —respondió apretando los dientes—. ¿Y qué has hecho tú por él? Una expresión de triunfo recorrió el rostro de la señora Burrows. Había logrado que Sarah se descubriera. —¿Que qué hice por él? Hice todo lo que pude. Fuiste tú la que se deshizo de él —respondió airada, sin saber que Sarah estaba resistiéndose al fuerte impulso de matarla—. ¿Por qué no has venido antes a verlo? ¿Dónde te has escondido todos estos años? —¡En el infierno! —estalló Sarah, revelando cuánto desprecio y resquemor sentía hacia aquella mujer. Su cara expresaba toda la violencia que podía albergar. Pero eso no aplacó a la señora Burrows en absoluto. Se alejó un paso de la puerta, pero no como retirada, sino para poner la mano sobre el gran botón rojo de alarma que había en la pared. Ahora Sarah tenía el camino franqueado y se dirigió a la puerta para girar el picaporte sólo un poco. Al hacerlo, llegó retumbando por el corredor el ruido de un altercado, con tremendos golpes y gritos histéricos. La señora Burrows comprendió al instante que uno de aquellos relojes humanos que acostumbraban a gritar por las noches se había adelantado. Eso era muy infrecuente, porque lo normal era que reservaran sus gritos histriónicos para las altas horas de la madrugada. Por un brevísimo instante, Sarah se distrajo con el ruido. Después volvió a concentrar toda su atención en la señora Burrows, que seguía con la mano puesta sobre el botón. Sarah la miró de manera agresiva, negando con la cabeza: —No te atrevas a hacerlo —la amenazó. La señora Burrows se rió de manera desagradable: —¿No? Lo único que quiero es que salgas de aquí… —explicó. —Ah, yo también quiero irme —gruñó Sarah, cortándola en seco. —… y que no vuelvas a pisar este lugar. ¡Nunca!