Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—Te llevas bien con los impíos, Macaulay —gritó Walsh, sin dejar de mirar por un
instante a Will.
—¿Y qué sabes tú de Dios? —repuso Tam, dando otro paso para ponerse entre él y
Will y servir de escudo a su sobrino—. ¡Déjalo en paz, es de mi familia!
Pero Heraldo se portaba como un perro con su hueso: no pensaba soltarlo. Tras él,
los suyos lo azuzaban echando maldiciones.
—¿A eso llamas familia? —tocó a Will con un dedo sucio—. ¿Al cachorro de Sarah
Jerome? —Varios de sus hombres corearon el insulto con gritos y alaridos—. Ese es
un bastardo hijo de una perra traidora que salió a buscar el sol —soltó Heraldo.
—¡Se acabó! —dijo Tam apretando los dientes. Le tiró la cerveza que le quedaba en
la jarra, que le dio de lleno en la cara, empapándole el pelo y las mejillas—. Nadie
insulta a mi familia, Walsh. A la raya —añadió enfurecido.
El círculo de Heraldo Walsh empezó a salmodiar: «¡Machácalo, machácalo!», y
muy pronto no se oían más que vítores, mientras se agrupaban todos los que estaban
bebiendo fuera de la taberna. Otros salieron de ella para ver qué pasaba.
—¿Qué va a ocurrir? —le preguntó Will a Cal, completamente asustado mientras
los rodeaba la multitud. Justo en el centro de la muchedumbre apretada y excitada,
se hallaba Tam, de pie, con aire decidido, enfrente de Heraldo Walsh. Se devoraban
uno al otro con la mirada.
—Una pelea a puñetazos —dijo Cal.
El tabernero, un hombre bajo y fornido que llevaba un delantal azul y tenía la cara
colorada y sudorosa, salió por la puerta y se abrió paso a través de la multitud hasta
que llegó donde estaban los dos hombres. A empujones se interpuso entre Tam y
Heraldo Walsh, y se arrodilló para ponerles unos grilletes en los tobillos. Mientras
los dos daban un paso atrás, Will vio que los grilletes estaban unidos por una cadena
oxidada, así que los dos luchadores estaban atados uno al otro. Entonces el tabernero
metió la mano en el bolsillo de su delantal y sacó una tiza. Trazó una línea en la
acera, que dividía por la mitad la zona de combate.
—¡Ya conocéis las reglas! —retumbó su voz teatralmente, dirigiéndose tanto a la
multitud como a los dos hombres—. ¡Está prohibido pegar por debajo del cinturón,
emplear armas, dar mordiscos y meterle el dedo en el ojo al contrincante! ¡La pelea
acaba cuando uno de los dos pierda el conocimiento o muera!
—¿Muera...? —le susurró tembloroso Will a Cal, que asintió con preocupación.
A continuación, el tabernero hizo retroceder a todo el mundo para formar un
cerco. Eso no era tarea fácil, porque se empujaban unos a otros para conseguir el
mejor sitio para contemplar la pelea.
—¡A la raya! —gritó el tabernero.
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