Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
despacio con el ceño arrugado—. Supongo que no hubieran podido sacarle mucho
partido a la cosa, si el condenado no estaba dispuesto a ofrecerle a la gente el
acostumbrado espectáculo de lamentos y maldiciones. —Miró a la hoguera sin dejar
de fruncir el ceño, como si estuviera perplejo por todo el asunto—. En las semanas
antes de su partida, había vagado por todas partes, garabateando en su libro,
molestando a la gente con preguntas tontas. Supongo que los styx pensaron que
estaba un poco... —El tío Tam se atornilló la sien con el dedo.
La abuela Macaulay carraspeó y lo miró con severidad.
—Que era inofensivo, quería decir —se corrigió—. Supongo que por eso lo dejaron
ir de un lado a otro, pero te aseguro que no lo perdían de vista.
La inquietud obligó a Will a moverse, sentado como estaba en la alfombra persa.
Sabía que no estaba bien hacerle tantas preguntas a aquel hombre amable y bueno
que parecía ser su tío, pero no podía evitarlo.
—¿Qué son exactamente las Profundidades? —preguntó.
—Los círculos de dentro: el Interior. —Tam apuntó al suelo con la boquilla de la
pipa—. Debajo de nosotros. Las Profundidades.
—Es mal sitio, ¿no? —preguntó Cal.
—No he estado nunca. No es el tipo de sitio donde uno elige ir —comentó el tío
Tam dirigiéndole a Will una mirada comedida.
—Pero ¿qué es lo que hay allí? —preguntó Will con mucho interés.
—Bueno, unos ocho mil metros más abajo, hay otros... supongo que se les podrá
llamar asentamientos. Hasta ahí llega el Tren de los Mineros, donde viven los
coprolitas. —Aspiró la pipa haciendo ruido—. Allí el aire es acre. Es el fin de la línea,
pero los túneles siguen más allá, kilómetros y kilómetros, según dicen. Las leyendas
se refieren incluso a un mundo más interior, en el centro, con ciudades más antiguas
y más grandes que la Colonia. —El tío Tam se rió de la idea—. No creo que sean más
que paparruchas.
—Pero ¿ha estado alguien en esos túneles? —preguntó Will, esperando en lo más
profundo de su corazón que le dijera que sí.
—Bueno, se cuentan historias. Dicen que en el año doscientos veinte más o menos
un colono logró volver tras varios años de destierro. ¿Cómo se llamaba...? ¿Abraham
qué?
—Abraham de Jaybo —apuntó la abuela en voz baja.
El tío Tam miró a la puerta y bajó la voz:
—Cuando lo encontraron en la Estación de los Mineros, se hallaba en un estado
lamentable, lleno de heridas y contusiones, sin lengua... porque se la habían cortado,
según dicen. Le faltaba poco para morirse de hambre, era casi un cadáver. No duró
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