Comencemos por la presentación de Lázaro al comienzo de la novela. Recién llegado de América, Lázaro representa la modernidad, la ruptura de tradiciones y, principalmente, la laicidad. Esto se comprueba con el comentario direccionado a Ángela con respecto a su colegio:“ Pero como ahí— nos escribía— no hay hasta ahora, que yo sepa, colegios laicos y progresivos, y menos para señoritas, hay que atenerse a lo que haya”( 410). De esta manera, se mantiene la mentalidad de Lázaro durante gran parte de la novela.
A medida que pasa el tiempo, empezamos a ver un pequeño cambio en la naturaleza estricta de Lázaro. Él empieza a aceptar a Don Manuel:“ Lázaro, por su parte, ardía en deseos— me lo dijo luego— de ir a oír a don Manuel, de verle y oírle en la iglesia, de acercarse a él y con él conversar, de conocer el secreto de aquel su imperio espiritual sobre las almas”( 422). Su curiosidad lo lleva a las misas del cura y, eventualmente, los dos forman una profunda amistad, tan profunda que Don Manuel termina contándole su mayor secreto a Lázaro.
Aquí ocurre la verdadera conversión de Lázaro: no es una conversión religiosa tradicional, sino una transformación interna en la que pasa de rechazar la fe a comprender su utilidad. Lázaro entiende que la fe no necesariamente tiene que ser verdadera para cumplir una función importante en la vida del pueblo. Su“ conversión” consiste en aceptar y adoptar la ilusión como una forma de sostener a los demás, incluso si él mismo no cree completamente en lo que predica la religión católica. En este sentido, su cambio no ocurre a través de una certeza racional, sino a través de una aceptación de la duda y la contradicción, idea que se relaciona con lo que plantea Kierkegaard sobre la fe como una decisión que trasciende la razón y se sostiene incluso en medio de la incertidumbre.
Travesía • revista estudiantil | 29