los aplausos y risas crecieron. Cielo me guió bajo el techo de botellas, por el balcón abierto al paisaje y a la pieza principal. El grupo de caras voltearon como un torcaz, sin embargo, un niño con remera amarilla y una rosa en la mano seguía su acto. La doctora Cáceres se sentó al lado con su mano asida a la mía.
— También tiene una remera amarilla.— Repetía ella—. Pero yo estaba muy concentrado en las palabras del niño, sus expresiones y el sentimiento que transmitían sus palabras. Desde ahí, fui un advenedizo guiado por Cielo, quien me alimentaba con este perenne amor. Actué con encanto en esta casa, repitiendo frente a ella las líneas del teatro como un rey, un sapo y un astronauta.
De una tarde a otra ya no volvió. Esa siesta entré a su casa en donde unas pastillas cubrían la mesa. La cama recién hecha, la mesa escarbada, el coche congelado y la puerta arrancada al suelo. La nota que me habría dejado me contó todo: su cara lívida nunca volvería a ver. Una fragancia exuberante flotaba por la pieza mientras que el ambiente se volvía gris.
Mi idiosincrasia me consumió porque, mientras ella me perseguía por mi salud, era ingenuo por la mentira bajo su desbordante alegría. Creía que el arte corrupto en la casa del Renacimiento mató a Cielo que era un rehén. «¿ Cómo una persona se calla por años?». Tanto sonaba la cabeza que mis ideas coloridas gotearon. Los cuadernos con relatos e historias apenas conservan su memoria llena de vorágine.
En el proceso de recrear y reconstruir mi vida, un pájaro había muerto. Solo cuando me fijaba en las botellas de cristal volvía a esa casa. Una casa donde me alejaba de la pérdida y me acercaba a Cielo, la doctora que me permitió encontrar mi pasión. En la Casa del Renacimiento pude salvar a mis personajes de un desenlace eterno.
18 | Travesía • revista estudiantil