Tom Sawyer
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Mark Twain
gato y otros pescados peculiares del Misisipi, mantenimiento sobrado para toda una
familia. Frieron los peces con el tocino, y se maravillaron que nunca habían probado
peces tan exquisitos. No sabían que el pescado de agua dulce es mejor cuanto antes
pase del agua a la sartén; y tampoco reflexionaron en la calidad de la salsa en que
entran el dormir al aire libre, el ejercicio, el baño y una buena proporción de
hambre.
Después del desayuno se tendieron a la sombra, mientras Huck se regodeaba con
una pipa, y después echaron a andar a través del bosque, en viaje de exploración.
Vieron que la isla tenía tres millas de largo por un cuarto de anchura y que la orilla
del río más cercana sólo estaba separada por un estrecho canal que apenas tenía
doscientas varas de ancho. Tomaron un baño por hora, así es que era ya cerca de
media tarde cuando regresaron al campamento. Tenían demasiado apetito para
entretenerse con los peces, pero almorzaron espléndidamente con jamón, y
después se volvieron a echar en la sombra para charlar. Pero no tardó la
conversación en desanimarse y al cabo cesó por completo. La quietud, la soledad
que transpiraban los bosques, la sensación de soledad, empezaron a gravitar sobre
sus espíritus. Se quedaron pensativos. Una especie de vago a indefinido anhelo se
apoderaba de ellos. A poco tomaba forma más precisa: era nostalgia de sus casas,
en embrión. Hasta Huck el de las Manos Rojas se acordaba de sus quicios de
puertas y de sus barricas vacías. Pero todos se avergonzaban de su debilidad y
ninguno tenía arrestos para decir lo que pensaba.
Por algún tiempo habían notado, vagamente, un ruido extraño en la distancia, como
a veces percibimos el tictac de un reloj sin darnos cuenta precisa de ello. Pero
después el ruido misterioso se hizo más pronunciado y se impuso a la atención. Los
muchachos se incorporaron mirándose unos a otros y se pusieron a escuchar. Hubo
un prolongado silencio, profundo, no interrumpido: después, un sordo y medroso
trueno llegó al ras del agua, desde la lejanía.
-¿Qué será? -dijo Joe, sin aliento.
-¿Qué será? -repitió Tom en voz baja.
-Eso no es un trueno -dijo Huck, alarmado-, porque el trueno...
-¡Chist! -dijo Tom-. Escucha. No habléis.
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Preparado por Patricio Barros