Tom Sawyer
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Mark Twain
A eso de medianoche llegó Tom con un jamón cocido y otros pocos víveres, y se
detuvo en un pequeño acantilado cubierto de espesa vegetación, que dominaba el
lugar de la cita. El cielo estaba estrellado y la noche tranquila. El grandioso río
susurraba como un océano en calma. Tom escuchó un momento, pero ningún ruido
turbaba la quietud. Dio un largo y agudo silbido. Otro silbido se oyó debajo del
acantilado.
Tom silbó dos veces más, y la señal fue contestada del mismo modo. Después se
oyó una voz sigilosa:
-¿Quién vive?
-¡Tom Sawyer el Tenebroso Vengador de la América Española! ¿Quién sois
vosotros?
-Huck Finn el Manos Rojas, y Joe Horper el Terror de los Mares. (Tom les había
provisto de esos títulos, sacados de su literatura favorita.)
-Bien está; decid la contraseña.
Dos voces broncas y apagadas murmuraron, en el misterio de la noche, la misma
palabra espeluznante: ¡SANGRE!
Entonces Tom dejó deslizarse el jamón, por el acantilado abajo y siguió él detrás,
dejando en la aspereza del camino algo de ropa y de su propia piel. Había una
cómoda senda a lo largo de la orilla y bajo el acantilado, pero le faltaba la ventaja
de la dificultad y el peligro, tan apreciables para un pirata.
El Terror de los Mares había traído una hoja de tocino y llegó aspeado bajo su
pesadumbre. Finn el de las Manos Rojas había hurtado una cazuela y buena
cantidad de hoja de tabaco a medio curar y había aportado además algunas
mazorcas para hacer con ellas pipas. Pero ninguno de los piratas fumaba o
masticaba tabaco más que él. El Tenebroso Vengador dijo que no era posible
lanzarse a las aventuras sin llevar fuego.
Era una idea previsora: en aquel tiempo apenas se conocían los fósforos. Vieron un
rescoldo en una gran almadía, cien varas río arriba, y fueron sigilosamente allí y se
apoderaron de unos tizones. Hicieron de ello una imponente aventura, murmurando
«¡chist!» a cada paso y parándose de repente con un dedo en los labios, llevando
las manos en imaginarias empuñaduras de dagas y dando órdenes, en voz temerosa
y baja, de «si el enemigo» se movía, hundírselas «hasta las cachas», porque «los
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Preparado por Patricio Barros