Tom Sawyer
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Mark Twain
casa, lanzándose a errar por el mundo, para nunca volver, y acabó expresando la
esperanza que Joe no le olvidaría.
Pero pronto se traslució que ésta era la misma súplica que Joe iba a hacer en aquel
momento a Tom. Le había azotado su madre por haber goloseado una cierta crema
que jamás había entrado en su boca y cuya existencia ignoraba. Claramente se veía
que su madre estaba cansada de él, y que quería que se fuera; y si ella lo quería
así, no le quedaba otro remedio que sucumbir.
Mientras seguían su paso condoliéndose, hicieron un nuevo pacto de ayudarse
mutuamente y ser hermanos y no separarse hasta que la muerte los librase de sus
cuitas. Después empezaron a trazar sus planes. Joe se inclinaba a ser anacoreta y
vivir de mendrugos en una remota cueva, y morir, con el tiempo, de frío,
privaciones y penas; pero después de oír a Tom reconoció que había ventajas
notorias en una vida consagrada al crimen y se avino a ser pirata.
Tres millas aguas abajo de San Petersburgo, en un sitio donde el Misisipi tenía más
de una milla de ancho, había una isla larga, angosta y cubierta de bosque con una
barra muy somera en la punta más cercana y que parecía excelente para base de
operaciones. No estaba habitada; se hallaba del lado de allá del río, frente a una
densa selva casi desierta. Eligieron, pues, aquel lugar, que se llamaba Isla de
Jackson.
Quienes iban a ser las víctimas de sus piraterías, era un punto en el que no pararon
mientes. Después se dedicaron a la caza de Huckleberry Finn, el cual se les unió,
desde luego, pues todas las profesiones eran iguales para él: le era indiferente.
Luego se separaron, conviniendo en volver a reunirse en un paraje solitario, en la
orilla del río, dos millas más arriba del pueblo, a la hora favorita, esto es, a
medianoche.
Había allí una pequeña balsa de troncos que se proponían apresar. Todos ellos
traerían anzuelos y tanzas y las provisiones que pudieron robar, de un modo
tenebroso y secreto, como convenía a gentes fuera de la ley; y aquella misma tarde
todos se proporcionaron el delicioso placer de esparcir la noticia que muy pronto
todo el pueblo iba a oír «algo gordo». Y a todos los que recibieran esa vaga
confidencia se les previno que debían «no decir nada y aguardar».
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Preparado por Patricio Barros