Tom Sawyer
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Mark Twain
-¡Chitón! -dijo-. Es ese crimen tan atroz. También yo sueño con él casi todas las
noches. A veces sueño que soy yo la que lo cometió.
Mary dijo que a ella le pasaba lo mismo. Sid parecía satisfecho. Tom desapareció de
la presencia de su tía con toda la rapidez que era posible sin hacerla sospechosa, y
desde entonces, y durante una semana, se estuvo quejando de dolor de muelas, y
por las noches se ataba las mandíbulas con un pañuelo. Nunca llegó a saber que Sid
permanecía de noche en acecho, que solía soltarle el vendaje y que, apoyado en un
codo, escuchaba largos ratos, y después volvía a colocarle el pañuelo en su sitio.
Las angustias mentales de Tom se fueron desvaneciendo poco a poco, y el dolor de
muelas se le hizo molesto y lo dejó de lado. Si llegó Sid, en efecto, a deducir algo
de los murmullos incoherentes de Tom, se lo guardó para él. Le parecía a Tom que
sus compañeros de escuela no iban a acabar nunca de celebrar «encuestas» con
gatos muertos, manteniendo así vivas sus cuitas y preocupaciones. Sid observó que
Tom no hacía nunca de investigador en ninguna de esas investigaciones, aunque
era hábito suyo ponerse al frente de toda nueva empresa; también notó que nunca
actuaba como testigo..., y eso era sospechoso; y tampoco echó en saco roto la
circunstancia que Tom mostraba una decidida aversión a esas encuestas y las huía
siempre que le era posible. Sid se maravillaba, pero nada dijo. Sin embargo, hasta
las encuestas pasaron de moda al fin, y cesaron de atormentar la cargada
conciencia de Tom.
Todos los días, o al menos un día sí y otro no, durante aquella temporada de
angustia, Tom, siempre alerta para aprovechar las ocasiones, iba hasta la ventanita
enrejada de la cárcel y daba a hurtadillas al asesino cuantos regalos podía
proporcionarse. La cárcel era una mísera covacha de ladrillo que estaba en un
fangal, al extremo del pueblo, y no tenía nadie que la guardase; verdad es que casi
nunca estaba ocupada.
Aquellas dádivas contribuían grandemente a aligerar la conciencia de Tom. La gente
del pueblo tenía muchas ganas de emplumar a Joe el Indio y sacarlo a la vergüenza,
por violador de sepulturas; pero tan temible era su fama, que nadie quería tomar la
iniciativa y se desistió de ello. Había él tenido muy buen cuidado de empezar sus
dos declaraciones con el relato de la pelea, sin confesar el robo del cadáver que le
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Preparado por Patricio Barros