Tom Sawyer
www.librosmaravillosos.com
Mark Twain
¡No puedo olvidarlo! ¡No puedo resignarme! Era mi mayor consuelo, aunque me
mataba a desazones.
-El Señor da y el Señor quita. ¡Alabado sea el nombre del Señor! ¡Pero es tan
atroz..., tan atroz! No hace ni una semana que hizo estallar un petardo ante mi
propia nariz y le di un bofetón que le tiré al suelo.
¡Cómo iba a figurarme entonces que pronto...! ¡Ay! Si lo volviera a hacer otra vez
me lo comería a besos y le daría las gracias.
-Sí, sí; ya me hago cargo de su pena; ya sé lo que está usted pensando. Sin ir más
lejos, ayer a mediodía fue mi Tom y rellenó al gato de «mata dolores», y creí que el
animalito iba a echar la casa al suelo. Y...
¡Dios me perdone!, le di un dedalazo al pobrecito..., que ya está en el otro mundo.
Pero ya está descansando ahora de sus cuidados. Y las últimas palabras que de él oí
fueron para reprocharme...
Pero aquel recuerdo era superior a sus fuerzas, y la anciana no pudo contenerse
más. El propio Tom estaba ya haciendo pucheros..., más compadecido de sí mismo
que de ningún otro. Oía llorar a Mary y balbucear de cuando en cuando una palabra
bondadosa en su defensa. Empezó a tener una más alta idea de sí mismo de la que
había tenido hasta entonces. Pero, con todo, estaba tan enternecido por el dolor de
su tía, que ansiaba salir de su escondrijo y colmarla de alegría... y lo fantástico y
teatral de la escena tenía además para él irresistible atracción; pero se contuvo y no
se movió. Siguió escuchando, y coligió, de unas cosas y otras, que al principio se
creyó que los muchachos se habían ahogado bañándose; después se había echado
de menos la balsa; más tarde, unos chicos dijeron que los desaparecidos habían
prometido que en el pueblo se iba «a oír algo gordo» muy pronto; los sabihondos
del lugar «ataron los cabos sueltos» y decidieron que los chicos se habían ido en la
balsa y aparecerían en seguida en el pueblo inmediato, río abajo; pero a eso de
mediodía hallaron la balsa varada en la orilla, del lado de Missouri, y entonces se
perdió toda esperanza: tenían que haberse ahogado, pues de no ser así el hambre
los hubiera obligado a regresar a sus casas al oscurecer, si no antes. Se creía que la
busca de los cadáveres no había dado fruto porque los chicos debieron de ahogarse
en medio de la corriente, puesto que de otra suerte, y siendo los muchachos buenos
nadadores, hubieran ganado la orilla. Era la noche del miércoles: si los cadáveres no
103
Preparado por Patricio Barros