Pisaba una gracia tendida
que se repetía entre la pausa
de los sedantes y desquitaba
la mirada hacia un incier-
to, tan solo atinaba a dar
una respuesta, para hacerle
saber qué hablaba, tratan-
do de mantener tendido la
custodia de los sueños y
no querer despertar en un
rincón de esperas , ni con-
ducirme a las sonrisas de
un llanto, o tal vez quisiera
reinventar los gallos en cada
hora, y colgarme de un agu-
jero en espera de un ojo que
se suelta en la oscuridad de
los viajes, en aquella cabe-
za que conoció de cerca la
venganza conocida en los
caminos.
Queda un rincón despidien-
do aromas a la tierra que li-
beró la esperanza, mantiene
la fuerza en sus caminos y
calla por un momento la
calle recorrida, el zumbar
de las cintas y la risa de los
tiempos.
A cada grano de mi sed
apunto a la mañana tiesa, a
las espaldas de la avenida,
a una chapita que encon-
tró un movimiento cojo, al
botón perdido que abrochó
una mirada en las profundi-
dades inquietas.